00. Presentació0 deliriosEra un assolellat dia en Wammy's House. Chocolat River havia sortit a passejar pel jardí acompanyat del seu millor amic, Axel. Near jugava tranquil·lament fins que algú li va tapar el sol. En aquell moment va sonar el timbre de classe i els tres van tornar a l'edifici. Un cop ja a classe, Near estava atent com sempre, Choc es posava a fer-li la punyeta a un nen que tenia al costat com sempre, i Axel es va posar a dormir, ja que no entenia res. Al cap d'una estona el professor va demanar a Near a la pissarra per resoldre un exercici, i com de costum ho va resoldre perfectament. En aquell moment un nen ros i malhumorat li va llançar una bola de paper a l'albí, i tot seguit aquell ros va ser expulsat de classe. Després van demanar a Choc, al qui van renyar per estar adormit i li van posar l'exercici més difícil, però tot seguit va ser castigat per dir-li al professor que no li donava la gana resoldre'l. Més tard van anomenar a l'Axel, al qual van haver d'ajudar amb els seus exercicis perquè no entenia molt bé el que devia de fer. I així van transcòrrer els anys... Summary of SYCC0 delirios![]() Sora y el cielo caído trata de la vida de Sora, un chico bastante angrógino, de cabello castaño y largo, de ojos blancos que vivirá varias historias de temas variados, llegando desde ser un escolar hasta un extraterrestre. El protagonista es siempre el mismo, su físico no cambia, pero su personalidad, su edad, y tanto el espacio y el tiempo son totalmente alterables en cada historia. Cada historia tiene sus correspondientes capítulos. ·Ficha técnica ·Fecha de nacimiento: 01/09 ·Grupo sanguíneo: A ·Color de ojos: blancos ·Cabello: castaño claro y muy largo ·Altura: 163cm ·Peso: 40kg ·Gustos: varían según la historia ·Carácter: varía según la historia ·Reseñas de las historias 01. Primera elección — Escolar en el frío invierno: Sora es un estudiante de secundaria de unos 16 años. Es muy tozudo y cabezota, y tiene un complejo muy grande al parecer una chica, ya que odia su físico. Esto contribuye a su mal humor. Su vida familiar es nula, su madre le ignora, y no cree que su casa sea su hogar. Su amigo Chikao le ayudará a calmar un poco su tristeza. ¿Encontrará la plena felicidad? Idea, autora, escritora, ilustradora y correctora: Alicia Gluitz Chapter 01. Robos y secuestros2 delirios![]() Salió el sol acerca de las seis de la mañana. El oscuro y negro cielo cambiaba sus tonalidades a cada minuto, muy rápidamente, hasta llegar a ese tono amarillento que casi no se notaba y dar paso a ese cielo azul sin ninguna nube adornando ese espacio, encima de ese trozo de tierra. El sol espantaba las estrellas, éstas se escondían y huían alrededor del planeta siendo perseguidas por el sol hasta volver hacerlo desaparecer y poder descansar tranquilas, esperando a que de nuevo la mañana le trajera para volver a seguir el juego eterno que tenían entre ellos. El caso es que el cielo estaba despejado esa mañana, los pájaros cantaban tranquilamente mientras se posaban en el cableado de la luz y en sus correspondientes postes, picoteándose el cuerpo y comiendo miguillas de pan que sabe Dios de dónde las habrían conseguido. Aquella tranquila mañana, sin nadie que la perturbase, los primeros seres humanos salieron de sus casas para hacer las compras matutinas después de haber desayunado muy temprano. Otros se iban hacia la estación de tren, listos para echar allí una última cabezadita y llegar a sus puestos de trabajo, deseando que se acabara el día para poder volver a casa con su familia. Pero éste no era el caso de Sora. Sora era un chico de melena castaña muy larga, ojos blanquecinos que todos confundían con lentillas, un rostro sin bronceado alguno y una complexión delgada. Era el más bajito de su clase, pero él le echaba las culpas a que su metabolismo estaba perezoso y no tenía ganas de pegar el estirón. Como iba a un colegio sólo para hombres, siempre era confundido con una chica y tratado como tal. Sus mejores amigos le hacían bromas acerca de su aspecto y poca altura, picando al castaño de tal forma que no les volvía a hablar hasta la hora del almuerzo. Siempre iban juntos a las fiestas de la ciudad en sus correspondientes kimonos. La mayoría de veces, cuando iban en grupo, Sora intentaba ir en medio de todos ellos, porque siempre había un grupito de amigas que le veía y comenzaban a murmurar sobre él cosas como: “¿qué hace una mujer vestida con el kimono de hombre?”, o “¡mira, un afeminado!”, y comenzaban a reirse por lo bajo, intentando no llamar mucho la atención. Odiaba su cara y su cuerpo, pero sabía que no podía hacer nada al respecto. Caminó sobre la triste acera, acercándose demasiado pronto a la estación de tren. Tenía un bono de diez viajes, y como solo había usado tres, pasó por el control de tickets rápidamente y se sentó en el banco más alejado que vio. Dejó su bolsa en el suelo, se desajustó la corbata porque le apretaba un poquitín, y cerró los ojos para disfrutar de la música que salía de los auriculares que al salir de casa se había puesto. Puso un pie de forma que tocaba su bolsa escolar. Disfrutó de la misma canción tres veces, hasta que esa última la dejó por la mitad, porque en unos segundos había dejado de sentir la bolsa contra su pie. Abrió los ojos aterrorizado: de lejos veía a alguien con su bolso negro corriendo a través de la muchedumbre que se iba formando. No podía perder su bolso justo ese día. Shou le había dejado un par de mangas que tenía que devolverle hoy mismo sin falta —aparte de que tenía ahí casi todo su material escolar—. Sin dudarlo ni un solo momento se levantó de allí rápidamente y corrió velozmente como una gacela, sorteando a la gente que allí había llegando en un santiamén justo detrás de aquel ladrón de bolsos. Estaba apunto de cogerle el jersei con la mano, pero no lo consiguió ya que justamente éste se chocó contra alguien y cayó al suelo hacia atrás, chocando a la vez con el castaño que cayó encima de él. Estando en una posicion muy rara, se apresuró y se colocó encima de su cadera, posando sus pies a cada lado del torso del ladrón. Le cogió con una mano la muñeca y con la otra le propinó un fuerte puñetazo en la mejilla. —¡Gilipollas! ¿¡Quién te crees que eres, eh!? —estuvo a punto de volver a golpearle, pero otra mano ajena le detuvo, sujetándole fuertemente. —Hey, tranquilízate —Sora se giró furiosamente al culpable de haber detenido su mortal puño—. Ya tienes tu bolsa, ahora solo deja que se vaya —le reconocería en cualquier lado. Era uno de sus mejores amigos (por no decir el mejor), el más alto y más bromista, el más coqueto y dejado en los estudios. Ese pelinegro se llamaba Chikao, y Sora siempre ha odiado que en vez de su nombre verdadero le llamara Keshi*—. Keshi, el viento te ha dejado llevar otra vez más, eres muy impulsivo —le ayudó a levantarse después de recuperar su bolso y entregárselo. Justo en ese momento venían dos guardias de policía trotando, dispuestos a llevarse al criminal con ellos. —Gracias, chicos, buen trabajo —después de preguntar si alguno de los dos estaba herido, ante la negativa de ambos decidieron coger al ladrón entre los dos y llevárselo mientras Chikao y Sora se dirigían hacia un banco desocupado. —No deberías haberme detenido. Ese ladrón de pacotilla... —se quejó el castaño, conteniendo las ganas de golpear a la pared. —Deberías comprarte una de esas pelotas antiestrés, a mi hermana le funcionan. —¿Qué estás insinuando? —la venita se le comenzaba a hinchar, a Chikao se le había olvidado que no se le podía comparar con ninguna chica porque sino se volvía loco. —Nada, nada... Solo que deberías probarlas —le iba tranquilizando el pelinegro. Sora suspiró, le miró a los ojos y le dijo: —No —ése era el final de la conversación. Llegó el tren, y ambos, resignados, entraron lentamente, llegando hasta el final del vagón. Se sentaron y echaron una corta cabezadita, en la que el castaño se apoyó en el hombro de Chikao solo para fastidiar. Llegaron a su parada y comenzaron a caminar sin ganas pero un poco deprisa, encima era invierno y eso les entumecía la cara y también les daba sueño. Una vez llegados al instituto se reunieron como cada mañana con su grupo de amigos. Hablaron y perdieron el tiempo, como siempre, y llegaron tarde a clase, como siempre. Era la hora del almuerzo. Ibiki iba a la misma clase que Sora. Éstos dos se encaminaban silenciosamente hasta el árbol de siempre, donde ya estaban todos comiéndose su comida. —Ah... Que asco de día —se quejó Jun, un chico con gafas muy afeminado. —Todos los días son un asco, y no me quejo —protestó Sora, sentándose a su lado apoyándose en el frío tronco del árbol. —¿Pero por qué te quejas así de repente? ¿Qué te ha pasado? —le preguntó despreocupadamente Chikao, pasando de Sora como de costumbre cuando se ponía a hacer comentarios desagradables. —¡Ninguno de vosotros me quiere acompañar al centro comercial! —se cruzó de brazos, indignado. —Normal —volvió a soltar Sora sin más, sorbiendo su zumo de manzana. —Keshi... —Chikao le puso una cara de incomprensión. El resto de compañeros solo reían, porque ellos pensaban lo mismo. Jun era un peligro de compras, y nadie tenía ganas de estar esperándole horas y horas hasta que por fin acabara. —Vamos, acompañadle vosotros —rió Kouyo, un chico de los más altos y rubio, era bastante popular. —Ni muerto —volvió a responder el ojiblanco. —Vamos, Keshi, así saldrás un poco de casa —le ofreció Chikao con una sonrisa en la cara. —Que no. —Entonces te secuestraremos —acabó el pelinegro con una sonrisa aún más amplia. Sora soltó un suspiro y le sacó la lengua. —¡Yay! ¡Muchísimas gracias! —Jun daba saltitos de alegría, abrazando a Chikao y besándole en la frente al pasota de Sora. Pasaron las horas, sonó el timbre de fin de clases y todos salieron. Ese día le tocaba limpieza a la clase de Jun y Sora, así que se tuvieron que quedar más tiempo. Mientras el ojiblanco limpiaba con un trapo la superfície de las mesas (ya que era el único limpiando dentro del aula), Jun y el resto de la clase limpiaba fuera con las mopas y barría con las escobas con cara de cansancio. Sora se agachó para dejar en el suelo uno de los bolsos de algún alumno que se había dejado encima de la mesa en vez de meterla en su correspondiente taquilla. No le dio tiempo a levantarse porque alguien le sujetó fuertemente de la cintura y le tapó la cara con su mano. No podía zafarse ni moverse mucho debido a que no tenía casi fuerza al ser tan escuálido y pequeño. Estaba muy nervioso, creía al principio que era una broma (seguramente del idiota de Jun), pero al ver que pasados los minutos no le soltaban, se lo empezaba a creer. Entonces perdió el conocimiento. —Hey, Sora, despierta... —se oía una voz a lo lejos, una voz con tono de preocupación—. ¿¡Pero qué le hiciste, Chikao!? ¡Animal! ¡Bestia! —Deja de pegarme con el bolso... ¡Ay! —Jun le pegaba con el bolso en la espalda. Las esquinas de los libros que allí tenía se ensañaban con la gran espalda de Chikao. —Mira, ¡se está despertando! —Jun gritó con júbilo mientras se acercaba a Sora. Abrió los ojos lentamente. Miró a Jun y a Chikao. Parecían casi iguales, ya que Jun no llevaba gafas, sino lentillas de color azul celeste. —¿Qué ha... pasado...? —se rascó la cabeza y se incorporó cuando se dio cuenta que estaba tumbado encima de un banco de madera que había en un lado del centro comercial de su ciudad. Comenzaba a distinguir a gente hablando y su barullo, el ruido de los coches y de sus dos molestos amigos que no paraban de decirle cosas que no tenía ganas de escuchar. —Siento lo de antes —dijo Chikao, arrepentido—. Te secuestré, pero tú me obligaste a hacerlo, ¿recuerdas? —sí, se acordaba perfectamente de su rotunda negativa a ir con esos dos de compras, y al final se ve que Chikao era un hombre de palabra. —¿Ya habéis acabado de comprar? —Sora estaba muy molesto, por eso les apartó la mirada y la fijó en un chicle pegado al suelo. —No, acabamos de llegar... —¿Eso significa que alguno de vosotros dos me ha llevado como un saco de patatas desde el insituto hasta el centro de la ciudad? —su furia aumentaba a momentos. —¡No! ¡Chikao te llevó en brazos! —dijo felizmente Jun, como si fueran dos recién casados. —Hasta luego —cuando se dieron cuenta, Sora ya estaba lejos del alcance de sus miradas—. Malditos idiotas... Yo sigo aún con el uniforme... Desgraciados... —siguió cavilando en sus pensamientos, era la mejor forma de distraerse y no seguir pensando en romper sus bonitas caras. —¡Keshi! ¡Espera! —Chikao llegó hasta él y le cogió fuertemente del brazo, consiguiendo así que el castaño se girara—. Lo siento, creía que te acordabas, ni siquiera pensé en que te fueras a desmayar... No fue mi intención hacer que te sientas mal —la disculpa del pelinegro era sincera, y Sora lo sabía y lo tuvo en cuenta. —Pero sabías que dije que no y me trajiste igualmente. —Quería que estuvieras conmigo —Chikao le cogió de la mano—. Vamos, volvamos —Sora se dejó llevar por el mayor hasta Jun. —¡Gracias por volver! —Jun le dio un abrazo, al que el castaño intentaba resistirse de cualquier forma inutilmente—. ¡Vamos! Así pasaron toda la tarde en el centro comercial. Jun les tuvo entretenidos haciendo que buscaran unas gafas más bonitas de las que usualmente llevaba. Chikao y Sora se divertían como criajos y se peleaban diciendo que su par de gafas elegida era la mejor, hasta que al final Jun las rechazaba todas cogiendo el par más cerca que tuvo diciendo que ésas eran las que se iba a comprar, desilusionando a sus amigos. También entraron a miles de tiendas de ropa a lo que el castaño tuvo que soportar tres interminables horas esperando al insoportable Jun detrás del probador junto con Chikao. Él estuvo sentado en una triste silla todo el tiempo sin dar opinión alguna si se lo pedía alguno de esos dos sujetos. —¿Por qué me haces esto? —lloriqueaba Sora; no quería llevar un ridículo lacito rosa decorando su cabello. —Porque me gusta cómo te queda —Chikao se puso a reir silenciosamente mientras asentía con complicidad. —Eres un idiota. Rectifico, sois unos idiotas. —Sí, todo lo que tú quieras... —Sora suspiró, estaba agotado y ya era casi de noche y tenía que hacer aún sus deberes para el instituto. Encima tenía hambre y deseaba llegar a casa para poder hacerse algo para cenar—. Oye, Keshi... ¿Te quieres venir a mi casa a cenar? —ofreció ya más sereno el pelinegro. Sabía que iba a cenar solo aquella noche ya que su madre se había ido a pasar el día entero con su nuevo novio. —Pero tengo que hacer mis deberes aún... —No te preocupes, iremos a buscarlos. También me llevé tu bolsa y la dejé en tu cuarto —dijo antes de llegar al cruce de la estación de tren, donde se despidieron de Jun y sus miles de bolsas. —¿Cómo has entrado a mi casa? —preguntó sospechosamente. —Tenías la ventana abierta de tu cuarto, así que tiré la bolsa y se coló por allí. —Irresponsable. —Lo sé —dijo en forma de disculpa, pero felizmente. —Hay que repetir esto alguna vez más —sonrió Jun mientras se despedía con la mano en la puerta de la estación. —Jamás —fue lo último que pudo escuchar Jun antes de ver cómo sus dos amigos se marchaban. Una vez que nadie podía verle sonrió por el comentario de Sora y se metió dentro de la estación dándose prisa para poder coger el último tren que pasaba aquel día. Llegaron a casa de Sora. Su casa era muy grande, pero también bastante lúgubre y triste al no haber nadie allí dentro. La casa estaba un poco descuidada, se podría poner más atención a sus cuidados, y aunque Sora hacía lo que podía mezclando ocio y estudios con el hogar, aún se le hacía difícil compaginarlo del todo. Su madre no hacía casi nada porque la mayoría del tiempo lo pasaba fuera de la ciudad, bien trabajando o bien porque no quería quedarse en casa. Sora no podía hacer nada, así que daba su mejor esfuerzo en mantener la casa mientras su madre pagaba todas las facturas. Sora era seguido por Chikao. Éste último había ido pocas veces a su casa, pero no la recordaba tan solitaria. Todas las persianas estaban cerradas, al igual que las puertas, y hacía muchísimo frío ya que las estufas estaban apagadas. Caminaban casi a oscuras por la casa, e incluso subieron por las escaleras que llevaba al cuarto del castaño también a oscuras. Por eso Sora casi se caía, pero suerte que estaba allí Chikao para ayudarle a no caer rodando. Cuando llegaron a su habitación pudo encontrar el interruptor. La estancia se iluminó dejando ver un cuarto impecable a pesar del bolso tirado en medio de la habitación. La cogió y revisó los libros. Solo había uno con una esquina doblada, que fue el encargado de darle un golpe en la cabeza a Chikao por su imprudencia con el material. —Sí, Shinban; hola, hola —le acarició la cola y se lo llevó en brazos—. Buen gatito... —luego lo dejó en el suelo y entraron ambos a casa. La madre de Chikao les dio la bienvenida, dándole un beso en la mejilla a Sora y a su hijo. Cuando le vio aún el lacito rosa se sorprendió. —Sora-kun, ¿tienes novia? —preguntó intrigada. —¿Eh? —no se podía creer que la madre de su mejor amigo le preguntase eso a él—. No, claro que no... —negaba incluso con los brazos, intentando no mostrar su repentino sonrojo. —¿Y por qué llevas entonces ese lacito? —le señaló el punto exacto donde se encontraba el lazo. —Es culpa de su hijo —mintió, pero él no sabía que en vez de ser la idea de Jun, realmente había sido idea de Chikao. —Hijo mío... —le dijo seriamente. Sora creía que le iba a reñir, y estaba feliz por ello—. ¡Qué buen gusto tienes! —le dio un abrazo y se fue, mientras mascullaba cosas como “pronto os llamaré para cenar”. Daba por hecho que Sora se iba a quedar allí a comer aún sin haberle dicho nada. Mejor. —¿Qué buen gusto...? —Sora estaba shokeado, tenía la misma expresión de idiota en todo el recorrido hacia la habitación de Chikao. La habitación de Chikao, en vez de una habitación parecía un pequeño salón. Tenía una pequeña nevera con refrescos, una televisión, un sillón que se había subido del salón de la planta baja de su casa e incluso una pecera con un pez globo grisáceo. —Hacía tiempo que no veía a Kiku —le decía el castaño refiriéndose al pez mientras le daba golpes en el cristal con tal de intentar atraer su atención, cosa que no funcionó, así que Sora se apartó, molesto. —No le hagas eso al pobre pececito. —¿El qué? Que yo sepa solo le he mirado mal —dijo con un falso sarcasmo. —Lo de golpear las paredes de la pecera. Los peces odian eso. Si quieres que te haga caso dale de comer; el bote de comida está detrás de la pecera. Después de un largo “faltaría más” se puso a rebuscar por detrás de la pecera, siendo obervado detenidamente por Kiku, el pez globo. Encontró el pequeño bote, lo abrió (olía a humedad) y se encontró con una especie de tiras de color verde oscuro. Estuvo un rato pensando en lo que podían ser, ya que en el bote no ponía el nombre, hasta que dio con que eran algas. Cogió un puñado de estas algas en su mano y se las fue tirando a Kiku por encima de la superficie del agua, a la que éste acudió rápidamente a por su comida. Sora sonrió, al fin ese ser se fijaba en él. —No sé porqué no te lo has comido aún —prosigió a decirle mientras Chikao encendía el televisor. —¿Qué quieres, que me muera envenenado? Ya veo cuánto me quieres... —protestó infantilmente, con enfado simulado. —Es un simple Takifugu; en el restaurante de aquí al lado te pagan bien si le traes uno de éstos. —Pero es mío, es mi Kiku. No lo cambiaría por dinero. Y no metas el dedo, que se asusta y te pincha y hoy no quiero más tragedias.—Sí... —dijo con desgana. Guardó una alga que le sobraba de nuevo en el bote, y justo en ese momento de oyó la voz de la madre de Chikao que les llamaba para comer. Ahí estaban entonces los cuatro: los padres de Chikao, éste y Sora, comiendo desde ensalada hasta carne con patatas. Le gustaba la comida occidental. Se lo pasaron bien cenando, hablaban entretenidamente y Chikao le volvía a gastar bromas, como de costumbre. —Sora-kun, ¿por qué no te quedas a dormir? —preguntó la madre de Chikao una vez acabada la cena, mientras Sora y el pelinegro se disponían a subir a su cuarto para hacer los deberes.—No querría ser una molestia... —agachó la cabeza de forma apenada.—¡No lo eres! Por favor, ¡quédate! —le apremiaba con una sonrisa de oreja a oreja. Eso lo único que hizo fue deprimir aún más al castaño por causar tantos problemas en una casa ajena, pero no tuvo otra que aceptar—. Bien... Entonces ya sabes qué hacer, hijo. Saca el futón del armario —se restregó las manos en el delantal y se fue a la cocina a lavar los platos.—Sí, mamá... —los dos subieron de nuevo al salón-habitación del pelinegro. Chikao ayudaba a Sora con sus deberes (aún siendo el peor de la clase) hasta que el castaño hubo acabado con toda su tarea. Entonces sacó el futón del armario y lo colocó a los pies de su cama. También sacó un pijama que le dio a Sora, que por supuesto le iba gigantesco, haciendo sentirse aún más mal por ser enano. Ya se había quitado el lacito rosa, que ahora estaba reposando encima de la mesita de noche. Los dos, sin tomar ninguna ducha ocuparon su lugar para dormir. —Si no puedes dormir te puedes acurrucar conmigo —ofreció el mayor, tendiéndole la mano. Sora dudó unos momentos, no quería humillarse de esa manera, pero a lo mejor podía dormirse con más tranquilidad, así que cogió la mano del pelinegro, éste tiró de él con fuerza para levantarle de un estirón y lo arrastró delicadamente hasta la cama. Sora se metió, dejando que golpeara su espalda con la fría pared. Seguidamente se metió Chikao, ocupando el resto del espacio. Entonces Sora comenzó a bajar por ese espacio, haciendo una especie de arrastre hasta llegar al final de la cama, estando él por debajo de la gorda y caliente colcha. Observó las largas piernas de su amigo y se acurrucó como un gato en un hueco que había detrás de sus piernas. El olor era insoportable, solo podía respirar aire caliente, pero pensó que era mucho mejor eso que respirar el frío aire de su casa, el húmedo hedor de su cama. Cerró fuertemente los ojos; se sentía más solo que nunca. Unas cuantas lágrimas comenzaron a rodar por su mejilla, pero no había sollozo alguno, solo gotas cristalinas que nadie podía ver, solo la oscuridad. Entonces Chikao levantó la colcha repentinamente, le cogió con una mano el mentón y con la otra le limpió las lágrimas. —Me estás mojando la cama —dijo delicadamente para luego cogerle de la cintura y arrastrarlo hasta que quedase delante de él, pegando su torso con la espalda de Sora. Le abrazó con ternura y volvió a taparles con la colcha. No dejó de abrazarle incluso cuando logró entrar en un cálido sueño, un sueño donde nada era de hielo y nadie abandonaba a sus hijos por interés. Un sueño que llenaba el triste corazón de Sora. *Éste es el apodo que le concede Chikao al fijarse en sus ojos blancos. Keshi es el nombre de una perla blanca que se forma gracias a que la ostra la rechaza prematuramente y la expulsa. Keshi significa amapolas, por eso Chikao, al referirse a “el viento te ha dejado llevar otra vez más” se refiere al movimiento de las amapolas ondeando al viento en un campo. La salvación tiene identidad0 delirios![]() En una de las calles más transitadas por la noche de esta ciudad, se encontraba una belleza con luz propia brillando entre el resto de la gente. A pesar de que era un lugar variopinto, en el fondo todo tenía un color apagado. La gente solo sonreía por dinero, era amable y simpático por conveniencia, las apariencias eran lo esencial y el único requisito para sobrevivir por las noches... Aquella mujer vestida de rojo destacaba por su confianza, su estilo al caminar, su mirada de superioridad natural, expresando en su totalidad la verdadera personalidad humana, una personalidad dominante en la que todo vale con tal de que el resto de la humanidad esté ante tus pies. Se dirigió con paso firme a el local más lúgubre y poco luminado que había en aquél lugar. Logró acaparar las miradas de todos los clientes sin quererlo, pero tampoco evitándolo. Se acercó al barman, que era el dueño del local, y le preguntó si podía cantar en el pequeño tablón de medio metro que tenían por escenario en el local. Cuando el dueño afirmó con la cabeza un poco nervioso por el repentino acercamiento de la joven, ésta hizo una seña con la mano dirigiéndose a la oscura salida. En seguida entraron otros dos jóvenes llevando con poca dificultad dos grandes amplificadores y unas cajas con mil y un botoncitos. La bella mujer salió y volvió a entrar, pero esta vez con un micrófono retro. El equipo de sonido se posicionó sentado en uno de los lados, haciendo que comenzase la canción. Meiko, que era el nombre de la poderosa mujer, se puso en medio del escenario, posicionando a la vez el micrófono que traía consigo. Una voz distorsionada comenzó a hablar al ritmo de la música, hasta que Meiko agarró con fuerza el micrófono, separó sus rojizos labios para abrir la boca y dejó que su embriagadora voz recorriera todo el local y fuera de la calle. Su voz era robótica, pero casi no se notaba, o nadie lo quería notar. Era el tono de voz perfecto, ni muy agudo ni muy grave, era un intermedio que tranquilizaba el ambiente, quitando esa negrura superficial que todos llevaban encima. Poco a poco iba entrando más gente asombrada por la voz de aquella mujer. Su mirada oscura se fijaba en cada cliente que iba entrando en el local. Llegó un punto en el que ya nadie cabía ahí. Entonces Meiko se bajó del tablón de un salto, llevándose con ella el micrófono, seguida de los dos jóvenes que formaban el equipo de sonido. Salieron afuera, posicionándose en medio de la mismísima calle. Colocaron los altavoces de manera que se pudiera oír por todo el barrio. La bella mujer siguió cantando, sin tener ninguna expresión en la cara por el momento. La gente se volvió a agrupar como si fuera un importante concierto. Todos tenían los ojos cerrados, disftutaban de la canción y la liberación de la oscuridad que los rodeaba. El color volvió en cada persona, haciéndolos especiales de nuevo, como lo eran de pequeños. Acabó la canción. Solo entonces abrieron los ojos... Pero no había nadie cantando. Todos estaban agrupados, haciendo un círculo en la nada. Todos los que eran amigos, compañeros o conocidos volvieron a agruparse tal y como estaban antes. Nadie era simpático ni amable porque sí. Todos mostraban su faceta más natural, eran felices bebiendo y caminando con las personas que le simportaban, y lo más importante era que se sentían queridos por sus amigos sin importar cómo eran. Una voz robótica de mujer acompañó a la ligera brisa de primavera por unos segundos, asegurándose que la humanidad volvía a ser feliz. La salvación es una mujer vestida de rojo de mirada oscura, cabello castaño, confianda en sí misma y con voz apaciguadoramente robótica. Aparece cuando la humanidad está acabando de destruirse por sí sola. Pero eso nadie lo sabrá. Susurros al anochecer0 delirios![]() Categoría: J-Rockers + Original Personajes: Teru, Reita (the GazettE) Clasificación: +18 Advertencias: Lemon Capítulos: One-shot Resumen: Desde hace años no siente ninguna emoción en la vida. Un rubio bajista le va a hacer cambiar de opinión. Movían todo el cuerpo desde debajo del escenario, disfrutando de la escéptica música que osaban demostrar aquel grupo principiante. El cantante se movía por el escenario de un lado para otro, tocándose el cuello y lamiéndose los dedos, frotándose contra algún altavoz y dando la mejor voz que tenía dentro de sí. El resto de miembros del grupo gritaban a moro de coro, dándole un toque espléndido a la canción. El baterista golpeba con emoción, los guitarristas se movían de manera sensual en su sitio mientras en algunas ocasiones aprovechaban para lamer la guitarra después de un riff, y el bajista era el único con los ojos cerrados, sintiendo cada nota, moviendo la cabeza hacia arriba y abajo. Mientras tanto, todos sus fans cantaban en silencio una de las canciones, otros lloraban de la emoción, y otros solo se fijaban en la estética del grupo. Uno de aquellos fans disfrutaba enormemente de aquel concierto. Una amiga suya le había convenido para ir con ella, aunque al principio de ninguna de las maneras tenía pensado ir. Había venido desde un país muy lejano de vacaciones, alojándose en un hotel normal y corriente. Siempre venía por las mañanas su amiga a hacerle de guía por alguna ciudad diferente. La música dejó de sonar para dar paso a la siguiente canción. Era la última antes de que acabara el concierto. Teru estaba en una de las primeras filas disfrutando como un chiquillo en un cuerpo de adulto. A sus 24 años no se imaginaba que hubiera algo que le levantara el ánimo, pero ese viaje lo cambió todo. Siguió mirando hacia el frente. Se fijó en el bajista. Estuvo toda la canción mirándole. Acabó el concierto. Todos los miembros del grupo se reunieron para la despedida final. Se abrazaron y antes de irse caminando se quedaron saludando al público. Reita, el bajista, fue el último en salir, porque se entretuvo unos segundos, mientras Teru le miraba, para guiñarle sensualmente un ojo. Teru salió de allí sin la compañía de su amiga, ya que la había perdido en una de las canciones. Su corazón le latía con fuerza y estaba sonrojado. El rubio se había fijado en alguien como él. Era obvio que era uno de los pocos extranjeros que estaban allí, pero solo y únicamente a él le había prestado atención. Se quedó observando como todos los fans se iban camino a las paradas de tren o a sus casas. Esperó hasta que Ariasu saliera de allí para encontrarse con ella. Ése día su amiga llevaba las ondas en el pelo que él le había enseñado a hacerse. Le quedaban muy bien, ya que el contraste del cabello negro con el mechón rojo y sus vestimentas más bien dejadizas y oscuras hacían que fuera aún más bella. Le tenía mucho respeto, pero se le iba en cuanto ella le abrazaba por el hombro y le trataba como uno más. Los dos se fueron por el camino más oscuro hacia casa de Teru, comentando lo fantástico que había sido el concierto. —Te dije que era un buen grupo —Ariasu comenzaba con sus largos discursos. —Sí, no te lo niego —dijo rápidamente. Si le llevaba la contraria sabe Dios si le tendría hasta las 5 de la mañana en vela haciéndole una especie de rehabilitación—. No hace falta que hoy me acompañes hasta casa. Es muy tarde y seguro que estás cansada —siguió cambiando de tema rascándose la cabeza. —Qué va, si aún es muy... —encendió la luz azul de su reloj digital— ¡tarde! ¡Es muy tarde! Yamano me mataaa... —se fue de allí corriendo, despidiéndose de Teru a lo lejos. —Uf, menos mal... —retomó el camino pero esta vez por una calle más iluminada. Se puso a caminar mirando hacia el cielo, donde podía ver más cables que estrellas. Siguió observando hasta que se tropezó con alguien—. ¡Lo-lo siento! No estaba mirando por dónde iba... —miró a la cara de la víctima del choque. Era ese bajista, sonriéndole perversamente. El rubio se acercó al moreno. —No te preocupes forastero, la culpa ha sido mía —su sonrisa cambió a una amable y le tendió la mano, ya que el moreno había perdido el equilibrio al chocarse con Reita. —Gracias... —se sonrojó al notar la fuerte mano que le ayudaba a levantarse del frío suelo. —¿Podría invitarte a una copa para que me perdones? —Reita le ofrecía una suculenta trampa. Teru se sonrojó aún más. —N-no es necesario... —Oh, por favor, sino no me sentiré bien conmigo mismo —el moreno no tuvo otro remedio que asentir a la oferta. Reita condujo al moreno hasta un coche negro aparcado al final de la calle. Los dos se montaron y se dirigieron a casa del rubio. Llegaron al párking y subieron por el ascensor cargados de equipo de sonido y varios bajos eléctricos hasta el tercer piso. No eran unos apartamentos de lujo, más bien la decoración tanto del piso como de los pasillos exteriores era un poco penosa. —Gracias por ayudarme con todo esto tan pesado, forastero —Reita parecía acostumbrado a llevar tanto peso, así que lo más grande lo llevaba él. Se le notaban los músculos por la fuerza que tenía que usar para sujetar tales piezas. —No es nada, faltaría más —dejaron las cosas en una habitación pequeña donde habían varios altavoces y un ropero. Luego se fueron al salón. El rubio sacó dos copas y una rara mezcla de color transparente—. ¿Qué es eso? —preguntó extrañado. —Es sake. Es una bebida alcoholica típica de Japón —vertió el sake en las bellas copas y se fue acercando al moreno. Éste se sentó en el sofá, que a pesar de su aspecto, era muy cómodo. Reita se sentó al lado y le ofreció una de las copas. Ambos brindaron por ellos y bebieron de las copas. —Está muy bueno... —el rubio se rió. Se arrimó más a Teru. —¿Quieres más...? —bebieron varias copas más, las justas para dejar al moreno sonrojado y bastante borracho. Reita le iba dando conversación acerca del país natal de Teru, de sus hobbies, de sus amigos, de lo que le gustaba hacer, de su orientación sexual... Hasta que llegado el último tema Teru se abalanzó hacia el rubio incitándole a besarle intensamente, como dos fieras con mucha hambre. Reita, al finalizar el beso sonrió. —Teru, eres irresistible... —Lo sé, por eso me has traído aquí... Teru comenzó a quitarse su corbata negra sensualmente, sentado en el regazo de su acompañante. Reita se iba excitando y se le iba notando el bulto en la entrepierna. No pudo resistir mucho más viéndolo desnudarse, así que colaboró quitándole la chaqueta y la camisa del mismo color oscuro que la corbata, acariciándole el torso y lamiéndole el cuello. Le mordisqueó la oreja, y se puso a susurrarle: —Me gustas... mucho... —el moreno se excitó con aquellas palabras. Volvió a besarle, dejándole debajo suya. Le abrió la bragueta de los pantalones, pasó la mano por debajo del bóxer y comenzó a masajearle el pene lentamente, mientras se relamía la boca, mirándole con deseo. —Unn... Umgh... El menor disfrutaba cada caricia que le brindaba el rubio, sintiendo en cada poro de su piel el éxtasis de placer que creyó que nunca más iba a recuperar por mucho que se esforzase. Cada vez estaba más embriagado por el alcohol y el perfume de Reita, mientras sus profundos ojos penetraban en los suyos. Cada segundo le parecía un eterno paraíso. Teru apartó la mano de Reita para lamer tres dedos, lentamente, observando su reacción. El rubio sonreía mientras miraba esa suculenta boca que le había cautivado hacía solo unas escasas horas. Cuando la lujuria no podía alcanzar más su punto máximo, Reita apartó su mano violentamente, para poder comenzar a desvestirse. Pero se detuvo. —Quítamelo todo —le ordenó. El moreno se agachó hacia delante, ya que él hacía bastante rato que no llevaba nada puesto y ansiaba ver cómo era el cuerpo de aquél sensual japonés. Una vez agachado, le comenzó a quitar la camiseta del concierto, en la que se podía apreciar sus marcados músculos. Reita le sonrió y le incitó a que tocara, lamiera, chupara e hiciera suyo aquél territorio. Seguidamente, el rubio no desaprovechó la oportunidad para fundirse con el moreno en un beso intenso, en el que el rubio acabó por morderle suavemente la comisura de los labios. Ese beso sabía más que nunca a alcohol. Teru acabó por quitarle el pantalón y los bóxers. Comenzó a lamer la punta y a masturbar la base de la erección de su acompañante con la mano, lentamente, apretando de vez en cuando, ganándose reproches del rubio. Entonces le tocó de nuevo al moreno. Reita volvió a posicionarse sobre él. Pero al ver que había poco espacio en el sofá, se lo llevó en brazos hasta su habitación, que no tenía comparación con el resto del piso. Lo posó encima de las sábanas blancas que aún olían a fresco, pero poco les importó. Reita le lamió el ano varias veces antes de hacerle introducirse él mismo dos dedos. Reita veía la escena desde el final de la cama. Se relamía de vez en cuando, haciendo aumentar el ritmo al moreno y haciéndole a la vez sonrojarse más. Una vez el rubio creyó que fue suficiente, se acercó como un tigre a Teru, se posicionó encima suya, apoyando las manos a los lados de la cabeza del menor. Éste se abrazó a su espalda, preparado para lo que iba a venir. Reita metió el glande de golpe. El moreno gemía de dolor. Nunca había hecho eso con un hombre, pero estaba claro que no tenía ni idea de que doliera tanto. Para apaciguar el dolor, Reita le lamía la oreja y le susurraba cosas, consiguiendo tranquilizarle un poco. —Eres hermosamente estrecho... Mmm... —los dos comenzaban a sudar por el caldeado ambiente. Reita se atrevió a seguir introduciendo su miembro cuando Teru se relajaba por completo. Entonces ya no pudo parar. Arremetió contra el cuerpo de su ahora amante sin descanso, acariciándole a la vez todo el cuerpo. El moreno llevó una de sus manos a su erección para ir masturbándose al mismo ritmo que las embestidas, llegando así al clímax, corriéndose en su vientre. Teru estaba exhausto, pero al rubio eso no le bastaba. Levantó su cadera y siguió penetrándole casi en vertical hasta que acabó dentro del moreno. Ahora ambos respiraban agitadamente. Se tumbaron en la cama, mirándose con cansancio. —Mañana no te veré más, ¿verdad? —preguntó casi afirmando. Los ojos de Teru se comenzaron a llenar de lágrimas. El solo saber que el que le había devuelto la emoción de la vida le iba a abandonar esa misma mañana le hacía sentirse vacío de nuevo. —¿No quieres verme más? —esta vez el rubio fue el que preguntó, pero con semblante feliz. —Claro que... quiero... —No te voy a dejar solo... —se fundieron en un abrazo, y así se quedaron dormidos. Amaneció, y los molestos rayos de luz penetraron por la ventana para clavarse en la cara del moreno. Éste abrió los ojos con miedo. No quería pensar que todo lo de anoche fue un sueño. Pero no fue así. Se volteó hacia el otro lado de la cama, encontrándose con la cara del rubio. No tenía puesta la bandana que siempre llevaba en la nariz como la llevaba esa noche. Aún así... era el hombre más bello que jamás había conocido. Unos años después, Teru se daría cuenta de que Reita jamás iba a abandonarlo a su suerte. —Abrázame... —le susurró el rubio sutilmente en el oído. Teru sonrió. Esa mañana era la mañana más feliz que había tenido en muchos años. El comienzo de una maldicion0 delirios
No pensaba perdonarle lo que le había echo a la chica, pero ya no podía mas, estaba derrotado, ensangrentado callo al suelo moribundo por la perdida de sangre, apenas podía siquiera respirar, se puso la mano en el costado al sentir un punzante dolor, notó como el liquido se le escapaba a través de la herida luego miró su mano completamente empapada con su sangre, mientras no dejaba de sentir como su vida escapaba a cada segundo por cada una de sus heridas, tiñendo toda la árida llanura de rojo.
Intentaba levantarse pero el dolor y su pésimo estado se lo impedían, entonces llegó el a finalizar su trabajo, un ángel de cabellos negro azabache con el largo flequillo plateado como la luna que caía sobre su piel que lucia un color espectral, mortecino, cadavérico, sus ropas eran negras y tanto sus prendas, como su carne como sus elegantes alas del color del ébano estaban ensangrentadas de la sangre de su rival que ahora yacía moribundo en el suelo, Hambar agarraba fuertemente su espada esperando las ultimas palabras de su hermano, este lo miro desesperado aun así no pensaba que su gemelo diese el paso final o eso deseaba, mientras contemplaba impotente la mirada inexpresiva y ausente que este le dirigía -Pienso arrancarte todo aquello que amas.-le dijo al fin con una voz que parecía surgir de lo mas profundo de los avernos, el ángel que estaba en el suelo impotente lo miraba -¿¡Hambar pero por que?!-le pido una respuesta, casi se la imploró -por que te odio.-le respondió fríamente, poniendo la espada a la altura del cuello de su gemelo, este alzo un poco la cabeza presintiendo que llegaba el final -Hambar, tu y yo formamos parte de un todo, uno sin el otro no puede existir-le recordó, el oscuro ángel sonrió macabramente y apretó un poco la espada haciendo que del cuello de su gemelo comenzase a brotar un pequeño hilo de sangre que se deslizaba por su piel hasta ser absorbido por sus ya muy manchadas y rasgadas ropas, su gemelo lo miro implorante -Te are sufrir lo mismo que e sufrido yo, te are desear la muerte hasta el punto en que enloquezcas a causa del dolor acumulado.-le dijo con todo el resentimiento que se podía tener a la par que apretaba cada vez mas la espada al cuello de su agonizante gemelo, haciendo que el fino hilo que anteriormente había echo brotar se transformase en un chorro que descendía sin cesar debilitando cada vez mas al antes esplendoroso y bondadoso ángel acortando su vida por dolorosos segundos que se tornaban eternidades -Hambar yo nunca te haría daño-le confeso con sinceridad mirándole a los ojos, Hambar borro aquella sonrisa de su cara y la cambio por una expresión seria y dejo de apretar su espada contra el cuello de Hember, mirándolo fijamente durante unos segundos que se hicieron eternos -Pero yo no soy tu.-concluyo gélidamente Hambar justo antes de arrancarle el corazón del pecho a su gemelo, haciendo gemir a este de dolor, para luego pisarlo mientras agonizaba en el suelo, salpicado con la sangre de su hermano sonreía ahora de forma macabra, bajo el oscuro cielo nublado que amenazaba con tormenta, Hambar no borraba ni un solo instante aquella cruel sonrisa mientras contemplaba disfrutando cada segundo que veía a su hermano agonizando entre espasmos al sentir que el frió de la muerte le invadía ya sin remedio mientras su gemelo apretaba el aun palpitante corazón de Hember entre sus manos, disfrutando de su agonía hasta el mismo segundo que este murió, privado de su corazón Hember renacería condenado a vagar toda la eternidad sintiendo como su frió cuerpo se descomponía y con el tiempo era inevitablemente devorado por los gusanos lentamente, sintiendo el dolor de cada supurante pústula, de cada tejido cangrenado, de cada gusano que mordisquease una parte de el, de cada pedazo de carne que se desprendiera de su putrefacto cuerpo, sin ninguna función vital en movimiento sentiría una sed y un hambre que de ninguna de las maneras podría calmar, enloquecido por el dolor y maldito por una vida de sufrimiento que de ningún modo podía terminar, estaba condenado a sufrir el mismo destino de su hermano gemelo durante toda la eternidad.
El Cantar de los arboles0 delirios![]() Adentrándose cada vez mas en los bosques de Cosmos, Ariasu, la elfa aprendiz de maga, tarareaba una canción de regreso al hogar después de un duro día de estudio en la torre de alta hechiceria.
Aquella tarde, bosque estaba mas calmado que nunca, por mucho que iba por los secretos caminos que tan solo los elfos silvanos sabían encontrar. Ese día no se había topado con nadie de su pequeña tribu. Ariasu se tumbo bajo la sombra de un árbol para disfrutar del canto de los pájaros y la dulce brisa tardía de aquella tarde, alli tumbada a los pies de aquel milenario pino, uno de los mas ancianos del bosque, la elfa no apartaba la mirada del cielo, pensando en que si entendiese el cantar de los árboles al viento, la de cosas que le explicaría aquel sabio pino, pero todavía no dominaba el dificultoso conjuro de empatia vegetal, lo había probado varias veces desde que estudiaba magia, todas sin éxito. Y es que aunque bastante buena seguía siendo una principiante. En aquel pequeño y remoto lugar de su amado bosque Ariasu comenzaba a rendirse al placer de echar una buena siesta, y lentamente y sin darse cuenta fue cerrando los ojos hasta que callo en un profundo sueño... El bosque estaba en completa paz, los pájaros entonaban sus cantos al sol del atardecer acompañados por la melodía del viento formando pequeñas corrientes de aire junto al cantar de los árboles entregando sus hojas a la suave brisa, llevando el aroma de las flores a las abejas que volaban atraídas y recogían el polen de estas, mientras bellas y delicadas mariposas de diversos colores danzaban alrededor de la durmiente elfa. Varias horas pasaron hasta que Ariasu despertó de su sueño, se froto los ojos y desperezándose se levantó y escucho el cantar de los árboles de nuevo -~Arborea converth- susurro y luego presto mucha atención a la voz del bosque, se concentro tanto como pudo, pero seguía sin comprender aquello que Cosmos le susurraba al oído a través de la brisa, algo decepcionada suspiro, se encogió de hombros y dirigió una ultima mirada a aquel majestuoso pino milenario, algo triste emprendió de nuevo su camino a la aldea. Era una lastima, como elfa silvana quería llegar a comprender lo que los espíritus del bosque querían comunicarle, pero aun no estaba preparada, aun así sabia que algún día podría llevar acabo aquel conjuro con éxito y escuchar las voces que tanto deseaba comprender. Al menos ese día había podido aprender un nuevo conjuro. Se detuvo delante de un árbol, lo miro durante unos instantes, alzo los brazos en dirección de este -~Frida-musito y pudo contemplar como poco a poco de las raíces de aquel árbol se iba extendiendo cristales de hielo hasta congelarlo al fin, Ariasu sonrió satisfecha al ver que su hechizo funcionaba, se acerco mas al árbol y poso una mano sobre el para descongelarlo, una vez echo, acaricio suavemente la corteza de la planta-Lo siento, solo quería probar mi conjuro-se disculpo la joven, después se dio la vuelta y se encamino a su casa mientras el los espíritus del bosque seguían entonando su dulce cantar. Ariasu sonrió convencida de que algún día por fin podría escuchar aquellas tan anheladas palabras de Cosmos, y ese día podría decir con orgullo que al fin había conseguido ser una gran maga digna de su pueblo Away From the Keyboard0 delirios Categoría: J-Rockers Personajes: Teru (a.k.a. vocalista de iNiciaL, personaje "original") Gackt (Gackt) Bou (ex-guitarrista de An Cafe) Aoi, Reita, Ruki, Uruha, Kai (the GazettE) Takeru (vocalista de SuG) Ryutaro Arimura (vocalista de Plastic Tree) Clasificación: +18 Advertencias: Lemon, orgías Capítulos: One-shot Resumen: Gackt celebra una de sus fiestas junto a sus amigos del mundo musical. Un hombre bastante alto paseaba por las calles de Japón tranquilamente. Se dirigía al parque, al encuentro con su pareja. Al llegar al parque se quitó las gafas de sol. Buscó con la mirada a alguien que debería estar esperándole en uno de aquellos bancos. Fijó la mirada en uno de los bancos. Allí estaba, el rubio que había amado desde pocos días después de conocerse. Estaba orgulloso de él, porque había pertenecido a una banda de rock y se había retirado solo para poder dedicarle su vida y amor. —¡Gackt! —gritó desde la lejanía el rubio. Se levantó del banco con una amplia sonrisa en la cara. No iba muy maquillado aquel día. Se abalanzó contra el moreno, dándole un abrazo muy fuerte. Su cabello, que le tapaba uno de los ojos se apretujaba contra su bufanda, ya que era bastante más alto que él. —¿Te hice esperar demasiado? —le acarició la cabeza, ya que sabía que le gustaba. —No, qué va —se puso de puntillas y le dio un rápido beso en los labios para seguidamente volver a proyectar esa hermosa sonrisa que solo él podía emitir. —Mi querido Bou... —los dos se fueron cogidos de la mano, dando una vuelta por la ciudad. Miraron escaparates y más escaparates, hasta que Bou le convenció al fin a Gackt a que le comprara un gigante conejo de peluche rosa. —Supper ra-bbitto~ —estaba feliz, y verlo en ese estado era lo que más deseaba el cantante. —Bou —iba diciendo mientras se dirigían al coche de éste—, ya sabes que esta noche tenemos una fiesta en mi casa, ¿eh? —entraron dentro del vehículo negro. —¡Sipa! Lo sé, así que tendré que arreglarme antes de ir a tu casa. ¿Me recogerás, verdad? —Bou ya pensaba en lo que iba a ponerse para la fiesta. Sabía que no era una fiesta cualquiera, y tenía que ponerse sus mejores galas visuales. —Claro, pequeñín... Pero no te líes con ningún otro, porque eres mío... —el rubio rió alegremente. Estaba feliz de oir que era suyo. —¡Lo mismo digo, sexy Gackt! —era la mejor relación que habían tenido jamás ambos, y no la cambiarían por nada. Se hicieron las diez de la noche. Tenía varios invitados a los que esperar en su casa, y cuando llegaran todos iría a recoger a su novio. Mientras se ponía el último anillo, sonó el timbre. Los dos primeros allegados fueron Aoi y Kai. —¡Gracias por invitarnos! —Kai estaba ilusionado, siempre había querido ir a una fiesta organizada por Gackt, aunque lo conociera poco. —¡Hey! ¡¡Party!! Yeah, baby~ —Aoi venía borracho de casa. Pero solo un poquito. Los dos se sentaron en uno de los tres sofás a señal de su anfitrión. Les trajo una botella de sake, otra de vino blanco y otra de champagne. Al cuarto de hora de estar hablando sonó de nuevo la puerta, entrando Reita, Teru y Ruki. Todos se saludaron. Reita les presentó a Teru a todos. —Este es Teru. Es el vocalista de iNiciaL. ¡Es el novio de Uruha! —Reita siempre se repetía. Le hacía gracia que Uruha tuviera un novio extranjero, o forastero como él solía decir, aunque a él le cayera muy bien. Le encantaba que su pelo marrón cayera delicadamente sobre uno de sus ojos, haciéndole una cara más infantil. —En.. encantado —tenía mucha vergüenza de presentarse a Gackt. En su país natal era uno más de sus fans. No creía que pudiera conocerlo jamás, pero allí estaba, en aquella fiesta, misteriosamente. Todos se sentaron y volvieron a charlar abiertamente. Teru fue perdiendo su vergüenza a cada minuto que pasaba. Estaba realmente a gusto entre aquellos músicos. Ya eran casi las 11, y otros tres artistas se asomaron por la puerta. Esta vez eran Uruha, Takeru y Ryutaro Arimura. —¡Uru! —Teru se levantó a besar a su allegada pareja. —¡Wowowowow! ¡¡Fiesta!! —Aoi los vitoreaba con ganas. Reita se reía. —Bueno, si queréis sentáos. Ahora solo falta un invitado al que tengo que ir a buscar. Si sois tan amables de esperar aquí hasta que estemos todos... —Gackt estaba ya con la mano en el pomo de la puerta. —¡No problem! Vé y vuelve rápido si no quieres que nos caigamos borrachos en el sofá —dijo Reita. Mientras Gackt se iba hacia su coche el resto de invitados se quedaron bebiendo y conociéndose mejor. Pasado un cuarto de hora más, Gackt volvió. Primero dejó pasar a la gran belleza del rubio, que iba vestido con una minifalda con mucho volumen, medias, camiseta apretada y un lazito negro en el pelo decorando su coletita en uno de los lados. Takeru, Aoi, Reita, Ruki y Kai le silbaron, haciendo que Bou se sonrojara. —¡Hola chicos! —sonrió y se dio la vuelta. Caminó de nuevo hacia fuera del piso y cogió su gran conejo de peluche y lo metió para dentro, igual que a Gackt. —Empecemos cuando queráis... —ofreció el anfitrión de la fiesta. —Entonces... —Ruki sonrió y se relamió los labios— ¿hay que estar en el salón o podemos elegir más lugares? —bajó la mano lentamente, hasta llegar a su pantalón, donde la frotó sensualmente con la mano, mirando a Kai por el rabillo del ojo. —Por supuesto que podéis... —Ruki se levantó y se llevó a Kai de la mano, casi arrastrándole con la fuerza con la que se lo llevaba. —Prepárate, baterista. ¿No tendrás las baquetas por ahí, no? —acto seguido se rió maquiavelicamente y cerró la puerta de una de las habitaciones de invitados. Gackt bajó la vista y alargó la mano. Él y Bou aún estaban de pie. Le cogió del mentón y le besó lentamente en los labios. Todos les miraban mientras iban intensificando sus movimientos. Bou se aferraba a las espaldas del mayor, dejándole que le lamiera y besara su cuello. Posó sus manos en la parte baja de la camiseta y comenzó a subírsela. Con los dedos masajeaba sus pezones, que iban poniéndose duros cada vez más. Lo empujó delicadamente hacia la pared, quedando apresado por las manos del moreno. Ryutaro se acercó a Takeru. Ryutaro tenía un aspecto muy melancólico por su cabello, maquillaje y ropaje negros, totalmente al contrario que Takeru, que todo era colorido en él. Takeru estaba apollado en el posabrazos del sofá. Ryutaro se siguó acercando hasta quedar sentado encima de sus piernas. Empezó a mover las caderas, incitando al chico a que le tocase. A Ryutaro le divertía, era muy fogoso si se trataba de jugar con Takeru. Siguieron con lo suyo igual que Gackt y Bou. El rubio ya emitía leves gemiditos detrás del gran cuerpo del cantante. Aoi estaba totalmente borracho. Se levantó, al igual que Reita. Los dos se fueron abrazados como dos buenos colegas hasta la cocina. Teru estaba muy excitado con la escena que estaba presenciando. El repentino ataque de Ruki, la perversión de Takeru y lo que parecía shota con Bou. Siguió observando, hasta que su atención se derivó a su entrepierna ya que Uruha le estaba masajeando la pequeña erección por encima del pantalón. —¿Te pone caliente el solo verlos? —su voz seductora y su cara gentil hizo perderse en su mente. Uruha se lo llevó al baño. Le besó, tan violentamente que estaba a punto de arrollarlo por encima del lavamanos. Le arrancó casi de cuajo la camisa negra que llevaba Teru. Éste se dejaba hacer. Disfrutaba mucho con el lado salvaje de su amado. El castaño le bajó los pantalones y los bóxers. Le sonrió desde abajo ya que estaba agachado y estaba cogiendo su pene. Lamió el glande varias veces, siempre mirándole a los ojos. Se metió el pene en la boca y comenzó a succionar toda la longitud frenéticamente. El moreno no podía aguantar los gemidos. En la habitación del al lado podía oir cómo Ruki y Kai gemían de placer sonoramente. Uruha seguía su trabajo. Teru iba perdiendo la fuerza en las piernas del placer, pero se enderezó al asustarse por oir golpes en la puerta del baño en el que estaban. Uruha dejó de lamer y succionar para abrir la puerta. —¡No! ¿Q-qué ha...? —se moría de vergüenza. Reita se asomó por la puerta. —Veréis, estoy un poco aburrido... Aoi se ha dormido bebiendo sake en la cocina y con tanta gente cachonda en esta casa necesito solucionar mi problema —señaló su más que tremenda erección. Se podía notar que estaba muy bien dotado. —Claro, pasa —le invitó Uruha. —Pero- —Teru estaba muy nervioso. —No te preocupes, forastero. Te vamos a hacer sentir bien. Uruha volvió a agacharse y a succionar el pene del moreno. Estaba a punto de culminar. Reita ayudaba metiéndose dos dedos en la boca y lamiéndolos para humedecerlos. Luego los iba introduciendo con delicadeza en el ano del moreno, que gemía cada vez más fuerte. Teru acabó por correrse del placer en la boca del castaño. Éste sonrió y se volvió hacia Reita. Le besó, pasándole los fluidos que había almacenado en su boca. —Sabe bien —declaró Reita descaradamente. Se quitó la camiseta, dejando ver todos los músculos ganados en años de entrenamiento y tocar el bajo. Uruha le acarició el torso, ganándose un beso intenso del rubio. Seguidamente, los dos se acercaron a Teru. Uruha lo arrastró hasta el borde de la bañera. Hizo que se agachara y se quedara tumbado hacia arriba sujetándose con las manos al borde. Reita le quitó lo que le quedaba de ropa al moreno y le levantó una pierna para seguir introduciendo dos dedos en su interior. Uruha se acercó a la cabeza del menor y se puso de rodillas. Dejó que le lamiera tímidamente su miembro, teniendo como espectador al rubio que iba intensificando el movimiento de su mano. Takeru yacía a cuatro patas frente el sofá rojo, siendo penetrado por el siniestro Ryutaro. Gemía descontroladamente. Nunca se había sentido tan bien al haber sido penetrado por alguien. El pelinegro le acariciaba la espalda haciéndole estremecerse. Arqueaba su espalda a cada embestida, sudaba más a cada delicado lametón que Ryutaro le daba en el cuello y suspiraba de placer cuando le susurraba en el oído. Por otra parte, Bou estaba siendo penetrado empotrado a la pared. Subía y bajaba a la par que su cabello lacio se deslizaba por el cuello de Gackt. El rubio se sujetaba con todas sus fuerzas a la espalda de Gackt. Los dos estaban exhaustos de placer. Bou le dio un intenso beso hasta que no podían aguantar más la respiración. En la habitación de invitados estaban el vocalista y el baterista. Ruki montaba encima de Kai mientras el primero chupaba una baqueta de éste. Se excitaba mucho al ver a su amante tan concentrado, y Ruki lo sabía. Se arañó el cuello y se inclinó hacia delante para apollarse en los hombros de Kai. Éste le comenzó a lamer y mordisquear sus rosados pezones. Uruha se levantó y se dirigió al lugar donde estaba Reita. —Ahora, lárgate —le dijo al rubio con cara de pocos amigos—. Él es mío y no voy a dejar que te pertenezca —señaló la puerta y comenzó a empujar al rubio fuera del baño. Teru estaba desconcertado. —¿Me vas a dejar así? Me las pagarás —dijo sonriendo el rubio y se fue de allí. Uruha cogió la camiseta que Reita se había dejado y con ella ató la mano y pierna derechas del menor. —N-no... eso no... —Teru estaba un poco asustado. Le era difícil mantenerse en esa posición. —No te preocupes, te trataré bien —Uruha expresó cariño en su cara y Teru se puso más tranquilo al oir las palabras del mayor. El castaño se acercó como un león al torso del otro. Frotó sus erecciones lentamente y le pellizcó los pezones. Lentamente fue bajando hasta quedar a la altura de su entrada. No se lo pensó mucho y hizo que entrara toda su longitud a la primera estocada. —¡Kyah! —Teru arqueó su espalda. —Veo que Reita es un buen dilatador... —comenzó a penetrar en el agujero de su amante lentamente, acariciándole el pecho. Siguió penetrando más fuertemente, logrando unos hermosos gemidos del moreno. —Dí mi nombre, Teru-chan... —Uru... Ah... —Ese no —penetró aún más rápido, llegando al punto que tanto le gustaba a Teru. Uruha cogió el miembro del moreno y comenzó a masturbarlo al mismo ritmo que las embestidas. —Kouyou... Uh.. ¡Kou! —los dos llegaron al clímax. Teru se corrió en la mano de Uruha, y éste dentro del moreno. Los dos se besaron y sonrieron. Sonó un despertador en cada sala. Eran las 11 de la mañana y la fiesta se había acabado. Todos se reunieron en el salón y desayunaron mandarinas y café, menos Bou que bebía leche y se comía un bollo. —¿Qué tal la noche, chicos? —Gackt fue el primero en preguntar. —Genial —respondieron casi todos. Se miraron los unos a los otros, riéndose. —Esto hay que repetirlo —ofreció Ruki. —El año que viene más, no seáis impacientes. —Por cierto, Reita... —Uruha se molestó en preguntar ya que cuando echó al rubio tenía una erección muy grande y en parte le dio lástima echarlo de allí—. ¿Cuando te fuiste qué hiciste? —Aoi me hizo compañía. —¿Le violaste borracho? Que mala person- —Le violé yo —Aoi estaba feliz por su declaración—. Estaba tan borracho que vi a Reita más lindo de lo normal. —Eres un caso —dijo Kai, poniéndose una mano en la frente. A la hora de comer se fueron todos. Gackt se despidió de ellos en la puerta. Bou lo hizo desde el ventanal, moviendo rápidamente las dos manos mientras el resto de invitados hacía lo mismo desde la calle. —Ha sido divertido —Bou se giró y corrió para abrazar al moreno. Éste sonrió y siguió tomándose su taza de café. Por petición de:
Castigando a un animal0 delirios![]() El rubio de su pelo conjuntaba con la tierra del camino de la villa. En aquel entonces llevaba ropajes rojos y marrones, haciéndose confundir por las vallas de madera que rodeaban y separaban las distintas calles de Konoha. Eran las ocho de la mañana y hacía un calor abismal. Deseaba llegar al campo donde se citaban todos los días para poder entrenar sin la camiseta puesta. Una ola de aire levantó de repente un poco de tierra que acabó metiéndose en sus ojos. —¡Maldita---sea! —se llevó rápidamente dos dedos a uno de los ojos, frotándose con fuerza—. Joder, ahora me duelen más... —Minato Namikaze no era un ejemplo de modales, ni mucho menos. Por fin divisó la entrada al campo. Corrió hacia allí para llegar antes y poder llevar a cabo su plan... Hasta que se detuvo en seco al oir la voz del Tercer Hokage. Se volteó, y en el mirador, justo encima de la montaña donde se situaban las tres cabezas de los Hokages vio a Sarutobi, el Tercer Hokage, usando la corriente de aire para transportar su voz a toda la aldea. Minato, al mirar arriba, le resplandeció el sol tan fuertemente que al cerrar los ojos en un segundo ya veía luces de colores. Con los ojos cerrados escuchó lo que el Hokage quería decirles a todos los aldeanos. "Tened cuidado, sed precavidos, aldeanos de Konoha". El viento susurraba sus palabras, dulcemente. "Escondeos en un sitio seguro, o mejor quedaos en casa". Minato comenzó a preguntarse si era el día 28 de diciembre, el día de los inocentes o algo así... Pero recordó que estaba en pleno verano ya que la camiseta y la chaqueta de jōnin hacían que sudara cada vez más. Si es que no se puede tener un uniforme de colores oscuros en verano, aunque sea para camuflarse... El aire seguía susurrando. "Vosotros, ninjas de Konoha, reuniros en el bosque. Vienen malos tiempos y tenemos que trazar un plan con los ANBU". —¿AN... BU...? —en el fondo negro se le apareció como un flash la imagen de una máscara de un búho. Del susto abrió los ojos, encontrándose de nuevo con el sol—. Así que tú de nuevo, ¿eh...? ♦ 1 año antes ♦ Caminaba sudoroso por un camino desolado. Se dirigía de nuevo al País del Fuego, para entregar el informe de la misión que había completado con éxito. Tenía 16 años recién cumplidos y ya era un jōnin; era tan perfecto que todos sus sempais estaban impresionados con su desarrollo. Estaba orgulloso de sí mismo, y estaba muy confiado en todo, se creía el mejor, aunque probablemente lo fuera en aquel entonces. El sol ardía sobre su cabeza. Sus pies estarían carcomidos por la tierra ardiente si no llevara las sandalias de ninja. Observó, con los ojos entrecerrados, cómo el calor hacía que el aire ondulase como loco. El camino se veía mal ya que el sol le daba en toda la cara, y encima estaba empapado en sudor, y eso era una de las cosas que más odiaba. Hacía una semana estaba bañándose despreocupadamente en el puerto, y ahora, en aquellos momentos, deseaba más que nunca volver a la villa de la que volvía. A lo lejos vio una mancha negra entre el ondulante calor en medio del camino. —¿Un animal muerto...? Habrá muerto de una ola de calor. Si es un buen trozo, me lo llevaré para cenar esta noche —se le hacía la boca agua. Le daba muchísima pereza ir a cazar con ese calor infernal—. Esto parece el infierno... —se lamentaba mientras iba acercándose más a la mota negra. Fuera lo que fuese, esa noche iba a disfrutar de ese trozo de carne. Estaba hambriento y las tripas le carcomían por dentro. Estaba a dos pasos del animal. Abrió un poco más los ojos. No era no jabalí. No era una mofeta. No era un pajarraco gigante. —Así que... ¿Un ANBU, eh...? ••••• —Ah, uhmm... ¡Uah! —el pelinegro intentaba resistirse, pero nada de su enseñanza en ANBU le había servido para poder huir de ése rubio. Estaba agotado, no tenía casi ni fuerzas para respirar. —Vamos, tampoco es tan terrible, ¿no? En el fondo lo estás deseando tanto como yo... —Minato fundió su boca con la de Búho, hasta dejarle sin aire. Recibía leves mordiscos en la lengua, que en realidad deberían ser dientes trituradores que desearan la muerte de aquel bicho rosa que no sabía entender un no. —No, ya basta... ¡Suéltame! —su cabello negruzco caía suavemente sobre sus hombros, igual que su máscara en forma de búho que tanto quería. Era su animal asignado al grupo. Era el único diferente, ya que su animal no formaba parte de ningún animal del zodíaco chino, y eso le hacía un chico extraordinario y sensacional. Pero ahora solo deseaba nunca haber tenido ese título y tener que realizar aquella misión. A cada minuto el calor aumentaba en la cabaña de madera. ••••• Se quedó observando a aquel ANBU. Estaba tirado boca abajo. Era bajito y no era gran cosa, ya que se le podía levantar fácilmente. Minato, al levantarle y notar su poco peso se preguntó si era una chica. Pero no lo era. —¿Hm? Entonces será un ANBU especializado en la agilidad y rapideza... No es muy resistente a las condiciones climáticas de otros lugares... ¿Qué voy a hacer contigo...? —su tripa le rugió por decimotercera vez en aquel día—. ¿Un... búho? —se fijó por primera vez en su máscara—. ¡N-no puede ser! ¿Es una trampa...? —tiró de golpe al chico al suelo. Éste no se enteró porque estaba totalmente fuera de sí—. Hahahaha... Si lo que querías era alcanzarme.... Lo siento pero seré yo quien te tienda a tí la trampa... Volvió a coger al ANBU, al que acabó llamando Búho por su máscara. Su cabello negro sudado caía en el hombro de Minato, que no se enteraba de que el ANBU comenzaba a volver en sí. Caminadas unas horas, Minato divisó una cabaña de madera. Estaba deshabitada, así que entró. Dejó en el suelo a Búho. Mientras se iba a por leña para encender un fuego al anochecer, escuchó el sonido de un rio. —No puede ser... —dijo Minato, sorprendido—. No es posible que aquí haya un rio... ¡Con peces! —dejó la leña y fue saltando de árbol en árbol hasta dar con el reflejo del agua del rio. Se desquitó de sus ropas, siendo observado opr detrás de las rocas y árboles, silenciosamente y en silencio por Búho, que le había seguido. Haberse hecho el dormido era la mejor idea que pudo haber tenido. Minato estaba feliz. Se había olvidado de todo; simplemente estaba muy feliz de tener agua y de poder bañarse aquel día. El agua cayendo poco a poco por su cabello le refrescaba. Búho seguía observando, siempre cautelosamente. Estaba asombrado por el cuerpo que tenía aquél rubio. Comparado con él, podría enfrentarse él solito a un ejército. Una vez el sol se iba escondiendo, Minato comenzó a dar caza a peces. Una vez con bastantes peces recolectados, salió del rio y se dejó que lo que quedaba de sol le secara la piel. Búho regresó a la cabaña. Pensaba volver a aprovecharse de ese estúpido. Tenía hambre y estaba muy deshidratado, casi sin fuerzas. Pero lo que no sabía era que Minato tenía también algo planeado para él. Búho estaba tumbado de nuevo tal y como Minato lo había dejado. —Así que aún no te has despertado... Chico tonto —dejó la leña que había recuperado y los peces en el suelo. Se sentó en el medio de la cabaña. Alargó la mano y atrajo hacia sí su mochila y sacó una pequeña ollita de hojalata. Apiló la leña y la prendió fuego con una de las técnicas ninjas básicas. Puso encima la ollita y la llenó de agua. Cogió un par de palos del bosque y los clavó en varios peces, atravesándolos, para que se fueran cocinando al fuego. El ambiente se iba caldeando. La temperatura ambiente en aquel lugar iba disminuyendo muchísimo mientras iba anocheciendo. Si no hubiese encendido un fuego, a pesar de la estación del año, se habría congelado. Se levantó e intentó despertar a aquel ANBU. —Hey, despierta... —Búho comenzó a abrir los ojos. Se hizo el sorprendido y retrocedió un poco. —¿Q-quién...? —en el fondo tampoco sabía el por qué le había salvado, si al fin y al cabo lo importante era acabar su misión y no recoger a heridos. —Tranquilo... —había notado que había actuado al sorprenderse al verle. Sabía que aquella noche iba a acabar con su vida después de aprovecharse de su hospitalidad—. Estabas desmayado en mitad del camino, así que te recogí. Por cierto, ¿podrías quitarte esa máscara? No creo que para comer te vaya bien... —desconfió unos instantes, pero sabía que aquel rubio tenía razón. La regla sobre todos los ANBU era no enseñar su verdadero rostro para no dejar rastro, pero si solo le revelara a él su rostro no iba a pasar nada, porque al fin y al cabo no iba a verle nunca más. Minato creía que no iba a quitarse la máscara por nada del mundo. Pero lo hizo. —Ya... —Minato observó las facciones de su rostro. Era muy pálido. Se notaba que no le daba mucho el sol, porque él estaba muy moreno gracias a los entrenamientos en el campo. Minato le ofreció a Búho un poco de agua caliente para lavarse la cara. También le dio un pescado, que casi no comió porque principalmente odiaba todo lo que no fuese carne. —No vas a recuperar fuerzas si solo te comes uno —sonrió con malicia. Búho no respondió. Solo se limitó a volver a ponerse la máscara, tumbarse y voltearse hacia la pared de madera para intentar descansar un poco y poder huir de allí en cuanto el rubio se durmiera. Minato acabó por acabarse los pescados en poco tiempo. Se quitó la camiseta y el chaleco y se acercó a Búho, que seguía atento a todos los movimientos de Minato en silencio. Al ver que se acercaba, cerró los ojos, haciéndose el dormido. No pudo ver cómo el rubio tenía una sonrisa en los labios, una sonrisa muy macabra. —Ungh... —estaba muy acalorado. Abrió los ojos, y se horrorizó al contemplar que le habían quitado los pantalones y el rubio le estaba masturbando. Miró a su alrededor. Estaba maniatado con cuerdas gruesas. —Así que al fin despiertas... Hahaha —dejó lo que estuvo haciendo y se acercó un bote y un trapo—. ¿Esto te suena? —le enseñó la etiqueta del bote, donde ponía el producto que era. —¿Me has dormido con cloroformo? Uh... —mientras Minato asentía con superioridad, prosiguió volviendo a colocar su mano sobre el pene del ANBU, apretándoselo—. ¡Estate quieto! ¡Me haces daño! —Minato se abalanzó sobre él, agarrándole la cara mientras Búho trataba de darle una patada en la tripa, sin conseguirlo. —Ah, uhmm... ¡Uah! —el pelinegro intentaba resistirse, pero nada de su enseñanza en ANBU le había servido para poder huir de ése rubio. Estaba agotado, no tenía casi ni fuerzas para respirar. —Vamos, tampoco es tan terrible, ¿no? En el fondo lo estás deseando tanto como yo... —Minato fundió su boca con la de Búho, hasta dejarle sin aire. Recibía leves mordiscos en la lengua, que en realidad deberían ser dientes trituradores que desearan la muerte de aquel bicho rosa que no sabía entender un no si estuviera en plena forma. —No, ya basta... ¡Suéltame! —su cabello negruzco caía suavemente sobre sus hombros, igual que su máscara en forma de búho que tanto quería. —Te dije que deberías haber comido más de lo que te ofrecí... Ahora vas a sufrir, y tal vez no te mate después de hacerte mío... asesino —le soltó y se quitó los pantalones junto las sandalias. El pelinegro estaba asustado; confió demasiado en un ninja, aun sabiendo que eran traidores y que no mostraban sus sentimientos reales. Minato se acercó a Búho. Le volteó y le cogió del trasero, levantándolo, solo pudiéndose apoyar el pelinegro por sus antebrazos—. ¿Ahora qué? —estalló en carcajadas—. ¡ESTÁS A MI MERCED! Introdujo su pene ya erecto de la excitación de maltratar a auquel ser confiado. Búho gritó lo más fuerte que pudo; era un dolor tan inmenso que si aún estuviera bajo los efectos del cloroformo se hbría despertado de golpe creyendo que estaba siendo atravesado por una espada. El acero de la hoja jugaba con su interior como le daba la gana, desgarrándole las paredes, cayendo la sangre por el suelo y mojando la espada, que relucía esplendorosamente con la luz del fuego. Sacó su pene tantas veces como quiso, incluso dejándole probar a su víctima su propia sangre. La cara del ANBU estaba totalmente llena de su sangre y lágrimas. Tenía la sensación de que si no moría a manos del kunai de Minato moriría desangrado. Sus brazos estaban llenos de cortes y raspaduras del suelo de la cabaña. La tierra se metía en las heridas, intensificando el dolor. Volvió a ser volteado. Vio toda la sangre que había en el suelo y se asustó. Minato le cogió de los negruzcos cabellos, haciendo que le mirara a los ojos. Podía ver cómo la bandana de su villa resplandecía encima de él. Luego observó sus azulados ojos. —Me encanta esa cara... —sonrió maquiavélicamente—. Tu boca está llena de sangre... Como me excitas, Búho... —le había llamado Búho. Como todos sus compañeros, los ANBU. Otro ser sin sentimientos le llamaba de esa forma. Volvió a dejar caer las últimas lágrimas que le quedaban en ese cuerpo deshidratado. El rubio empujó su cara sin delicadeza alguna hasta su pene, haciendo que lo tragara. No tenía fuerzas para oponerse. A cada embestida que le daba notaba que iba a vomitar. Minato seguía, cada vez aumentando el ritmo, hasta que de una vez por todas dejó su semen en toda la boca del pelinegro. Entonces apartó rápidamente la cabeza de Búho, haciendo que ésta se diera un fuerte golpe contra la pared de madera. Estaba muy mareado, y vomitó del asco. Vomitaba semen, vomitaba sangre, y sobretodo vomitaba el último pedazo de alma que le quedaba en el cuerpo. Entonces su corazón se paró al instante. Cayó hacia atrás, con los ojos totalmente en blanco. Entonces Minato reaccionó. Vio el panorama, la horrible situación que él había causado. Nunca había hecho sufrir a nadie, ni siquiera a su enemigo más mortal. No tenía sentimientos a la hora de matar o de observar cómo los cuerpos casi muertos se bañaban en su propia sangre o en la de otros. Pero al contemplar a aquél pobre ser humano, sin haber tenido culpa de nada, habiéndose fiado de un ninja siendo un ANBU y encima haberle descubierto el rostro... Eso le hacía sentirse la persona más miserable sobre la Tierra. Volvía a rememorar lo que le había hecho y le dio asco. No quería hacerle eso. Solo quería asustarle un poco. Pero por lo visto lo vio tan vulnerable que sus hormonas se dispararon como locas al igual que su mente, dejándolo en un estado horriblemente en trance. Contemplaba a Búho. Se vistió y cogió al ANBU embadurnado en sangre y se lo llevó a las profundidades del bosque. Llegó hasta el rio. Lo sumergió y le dió un beso en los labios. Lo tiró allí, dejando que diera un viaje a lo largo de la noche, con la corriente. Nunca olvidaría a Búho, pero no por lo que fue, sino por lo que hizo. Él también se tiró al agua, dejando que corriera la sangre de sus ropajes por la corriente. Cerró los ojos y dirigió su cara al cielo con las manos extendidas. Volvió a abrirlos, y observó cómo los rayos del inocente sol salían de su escondite nocturno para brindarle a todo ser vivo su protección y calidez. 39. Placer0 delirios
-No te preocupes, solo será un rato...
-¡Qué no puedo! ¡Suéltame!- el albino intentaba soltarse pero no había manera, aquella mujer se lo iba a llevar irremedíablemente. Axel sacó sus chackrams de fuego y atacó la mujer, pero ésta lo esquivó; después de tantos siglos los renegados se seguían entrenando aún. La mujer le miró con odio, Axel se había olvidado ponerse la capucha. -Todavía quedaba uno...- susurró sorprendida y asqueada, cosa que Axel aprovecóo para volver a atacar y dejarla inconsciente. Cogió al albino en brazos y se lo llevó antes de que llegasen más renegados por el jalelo. Axel tomó el camino del bosque ya que por el puente no podía ir por si venía alguien, así que Near se agarró fuertemente a Axel mientras lo cruzaban; suerte que desde que era pequeño Axel conocía perfectamente aquel bosque, porque si no ya se habrían perdido. Llegaron a casa después de ir con cuidado por el pueblo. -Arigatou, Axel. -¿Estás bien?- le preguntó bajándolo de sus brazos. -Hai, no te preocupes... -¡¿Qué hacías allí?!- le interrumpió bruscamente enfadado el pelirrojo. -Yo... -Te dije que no te acercases al otro lado del rio. -Pero... -¡Pero nada! ¡¿Tienes idea de lo que podría haberte pasado si te llega a llevar la centro del pueblo?!- riñó severamente al menor; éste apartó la mirada. -Yo solo... Estaba preocupado porque no volvías y fui a buscarte... Ese era el único sitio que me quedaba por mirar... Por eso...- el mayor le abrazó antes de que acabase la frase haciendo que el pequeño se sonrojara. -No vuelvas a ir por allí... ¿Lo captas?- le pidió. Near notó que Axel temblaba y comprendió que el hecho de que aquella mujer casí lo secuestrase había echo que el pelirrojo pasase muchísimo miedo, esta vez realmente lo había preocupado. -Hai desu...- susurró Near sonrojado que acto seguido tambien lo rodeo con sus brazos mientras el pelirrojo lo estrechaba fuertemente. Pasaron unas semanas y las lluvias no habían cesado, Axel estaba algo más tranquilo, había podido comprobar que desde lo sucedido las semanas anteriores nada había cambiado entre los dos. Near seguía igual de cariñoso que siempre, incluso seguía metiéndose a escondidas en la cama del mayor los días de lluvia haciendo que éste no pudiese evitar reir al día siguiente al despertar y encontrárselo dormido y hecho una bolita a su lado cuando el pelirrojo la mayor parte de las veces ni se enteraba de las intrusiones en su cama. Aquel día era sábado, por lo que aprovecharon para ir a comprar ya que era el único día que había mercado y podían ir a comprar. El albino estaba cumpliendo a rajatabla la promesa de no volver al otro lado del rio y más después de lo ocurrido las semanas anteriores. Ese día tenían mucho que comprar así que siguieron la estrategia de cada semana y se dividieron, Near iba al puesto de las verduras, el pescado y la fruta donde menos gente había normalmente y Axel cubierto con su capucha iba a por todo lo demás, después Near se dirigía al rincón del parque donde había la fuente fuera de todo el tránsito de gente del mercado porque desde allí Axel podría vigilarlo y estaría más tranquilo mientras compraba todo lo que necesitraban para la semana. Una vez allí, Near estaba esperando al pelirrojo como siempre, completamente solo al lado de la fuente sentado a la sombra de un árbol, jugando con unos gatos a los que siempre les daba un poco del pescado que compraba. De repente, algo hizo que los gatos huyeran, el albino levantó la mirada y se topó con un joven de cabellos azules de más o menos la misma edad que Axel, sin embargo aquel no era como todos los demás habitantes del pueblo, aquel tenía algo que hizo que en el mismo momento Near sintiese un miedo que podría calificarse instintivo, prácticamente terror hacia ese joven desde el mismo instante en que cruzó su mirada con él. -Vaya, vaya... Entonces es cierto, hay un albino...- comenzó a decir aquel joven aproximándose lentamente al albino que pudo ver en su cara una cicatriz en forma de cruz. Near tan solo sentía que era cuestión de vida o muerte el huir de aquel joven. Quería escapar sin embargo sus piernas no respondían, el miedo lo paralizaba. -Hacía mucho tiempo que no veía a ninguno por aquí...- en aquel momento Near sintió que los dorados ojos del mayor se clavaran en él y no pudo dejar escapar un pequeño grito y aquel extraño joven se acercaba cada vez más, haciendo que Near notase una presión cada vez más fuerte y asfixiante en el pecho provocando que su respiración se acelerase cada vez más para no ahogarse. Near sin entender el por qué sentía puro terror en esos momentos, tan solo sentía que debia huir para salvar su vida, pero sus piernas no reaccionaban y no hacía más que temblar hasta que inconscientemente tuvo la fuerza suficiente como par levantarse y retroceder unos pasos de manera torpe y dificultosa, hasta que se topó con otra persona que le agarró bruscamente. Near miró atemorizado quién lo había agarrado y vio a una joven que llevaba parte de sus cortos cabellos azules recogidos en un moño y al lado llevaba una flor, sus ojos eran verdes y aunque era bastante hermosa, Near no podía evitar sentirse más aterrorizado aún si podía. -Parece que la vieja del supermercado tenía razon, kukuku...- le comentó al joven de su misma edad relamiéndose mientras miraba al albino viciosamente y lo apretaba fuertemente. -Qu... ¿Quiénes sois...?- logró preguntar haciendo un sobreesfuerzo por contener el terror que sentía ahora que ya sí que no podía hacer otra cosa que no fuese temblar. -¿Tienes miedo?- preguntó el joven de la cicatriz. -Qué mono... Kukuku...- añadió la muchacha. El albino no respondió a la pregunta, sentía como aquella presión aumentaba ahogándolo, estresándolo y provocándole fuertes escalofrios. En esos momentos el miedo le dominaba por completo. El joven de la cicatriz se puso a su altura agachándose. -Chico listo... Haces bien en tenerlo- añadió aquel muchacho sonriendo siniestramente mientras le acariciaba la cara con vicio a la vez que no apartaba sus dorados ojos del aterrorizado albino, luego le hizo una señal a la chica que tomó a Near bruscamente en brazos, haciéndole varios arañazos. Iban a llevárselo, y aunque Near quería gritar e intentar soltarse con todas sus fuerzas, aquel insano terror se lo impedía, era incapaz de hacer otra cosa que no fuese temblar. -¿Qué os creeis que estais haciendo?- preguntó Axel preparándose por si hacia falta pelear al ver que dos desconocidos intentaban llevarse a Near que estaba temblando aterrorizado. La chica agarró más fuertemente a Near lastimándole sin cuidado alguno, clavándole las uñas con tanta fuerza que incluso hizo sangrar los brazos de Near que mancharon levemente de rojo la camiseta que llevaba, pero aun así el albino no gritó, el miedo lo consumía. El joven de la misma edad de Axel le miró a los ojos. -Cuanto tiempo... Axel. -¡Saix!- exclamó el pelirrojo al verle. -No has cambiado nada desde la última vez que nos vimos... Qué desgracia...- añadió Saix; en ese momento la chica se dio la vuelta. -Sí, pensábamos que habías muerto tú tambien, kukuku. -¡Konan...!- en ese momento el pelirrojo vio claramente como tenía cogido a Near que no dejaba de temblar de miedo, además pudo ver las manchas que se estaban produciendo en su ropa antes los fuertes arañazos de Konan. -Oe, ¡suéltalo! -¿Acaso le conoces?- preguntó Saix mirando a Near. -¡Eso no te importa!- contestó sin saber que decir, temiendo que si lo afirmaba no solo se lo llevarian si no que además acabarían por hacerle aún más daño. Estaba realmente nervioso, no dejaba de mirar preocupado a Near, no sabía qué hacer. Sabía de sobras que si peleaba tenía las de perder, contra ellos dos él solo no podría y menos si amenzaban de hacer daño a Near. Se encontraba impotente ante aquella situación, tan solo quería que dejasen al albino en paz. -Supongo que eso es un sí- afirmó Saix encogiéndose de hombros, luego miró a Near y rió sádicamente. -En ese caso, sería una tragedia que algo malo le sucediese- Knan rió también. -Qué suerte estar las 24 horas con este albino tan adorable...- añadió Konan cariciando el cuello de Near, o mejor dicho, asfixiando a Near mientras arañaba también su cuello haciendolo sangrar levemente. -¡Dejadlo en paz! ¡Él no os ha hecho nada malo!- acabó gritando Axel, no podía soportar ver como le hacían daño al albino pero en aquella situación estaba totalmente impotente, hiciera lo que hiciera tenía todas las de perder y Near estaba tan atemorizado que no podía ni siqueiera quejarse, aunque era obvio el daño que le hacían esas heridas. Mientras Konan no dejaba de reir, Axel comenzaba a desesperase. No sabía que hacer, si no hacía nada seguirían haciendole daño, pero si hacía algo sería aún peor. -Konan, deja al niño en paz- le ordenó Saix; la joven le miró molesto. -Pero... ¡Saix!- le protestó bastante disgustada. -Ya no hacemos ese tipo de cosas, ¿recuerdas?- Konan dejó escapar un gruñido de protesta y luego soltó al menor de mala gana que cayó al suelo de rodillas temblando y paralizado aún por el miedo. -Vámonos... Konan. -Kuku... ku. Volveremos a vernos...- amenazó Konan dirigiéndole una ultima mirada al aterrorizado albino que notó como un fuerte escalofrio le recorría. Vio como Konan se relamía, para luego desaparecer. Axel fue rápidamente donde estaba el aterorizado albino y se puso a su lado. -Near, ¿estás bien?- Near le miró y se abrazó fuertemente temblando aún, realmente había pasado muchísimo miedo. El mayor lo cogió en brazos. -Vamos a casa, hay que curarte esos arañazos- cuando llegaron a casa Axel ordenó las compras y luego fue a por algo para curar las heridas de Near que aún seguía algo asustado. Luego se sentó a su lado. -Near, perdoname por no haberte ayudado antes, no sabía que hacer para que no te hicieran más daño...- se disculpó arrepentido mientras le curaba uno de sus brazos al menor. -No importa, tampoco podías hacer nada en ese momento. -Pero... -En serio, no tiene importancia. -...- el pelirrojo bajó la mirada y siguió curando las heridas de Near, el arañazo del cuello se le curó muy rápido pero sus brazos y hombros seguían inflamados y no dejaban de sangrar por lo que el mayor tuvo que envendárselos. -Si mañana siguen igual esas heridas iremos al hospital- le comentó atando las vendas con delicadeza. -¿Al hospital? Si no son más que unos arañazos... -Sí, pero el médico está en el centro del pueblo y no pienso llevarte allí, ¿lo captas?- dijo Axel, el menor asíntio. -Además, esa es capaz de haberse metido veneno en las uñas, siempre fue una bruta- añadió mientras guardaba lo que había sobrado de las vendas en una caja. Near le miró con curiosidad. -¿Les conoces?- preguntó retorciéndose el pelo. -Hai. Cuando era pequeño iban a la misma clase que yo, nunca se llevaron bien con nadie y menos conmigo, no paraban de molestarme, mis padres y los suyos tuvieron muchas reuniones con la directora del colegio por ello. -Vaya, sí que eran malos de pequeños... -Sí, y no han cambiado nada, son mala gente...- concluyó Axel yendo hacia la cocina. -¿A dónde vas?- preguntó Near ladenado la cabeza. -A preparar la comida, tal y como tienes los brazos lo mejor será que no los muevas mucho o esos arañazos no se te cerrarán. Aquella noche llovió un poco y Axel despertó al sentir un leve cosqueilleo en su espalda, por lo que encendió la lámpara. -¿Qué haces aquí? Si hoy no llueve tanto como para que te asustes- habían resultado ser los suaves cabellos de Near, que se había acurrucado hecho una bolita a su lado. -Lo sé, pero no puedo dormir-Axel lo arropó, era obvio que el albino seguía asustado por lo ocurrido aquella mañana más que por la lluvia, y aunque en esos momentos no venía a cuento, había una cosa que quiso preguntarle desde mucho tiempo. -¿Por qué tanto tú como Choc teneis fobia a las tormentas? -A Choc no le dan miedo- corrigió el albino. -No, pero siempre que había tormenta se ponía muy raro. -Es porque nuestros padres murieron una noche de tormenta por mi culpa. -¿Por tu culpa? -Hai... -¿Qué es lo que pasó? -Cuando teníamos 3 años, una noche de tormenta me puse muy efermo, estaba a punto de morir por la fiebre, así que nuestros padres cogieron el coche para llevarme al hospital, pero tuvieron un accidente y ellos murieron y nosotros casi no lo contamos... Desde entonces, Choc comenzó a tratarme mal porque dice que nuestros padres murieron por mi culpa y tiene toda la razón...- el pelirrojo le apartó el pelo de la cara cariñosamente. -No fue culpa tuya, así que no hagas caso a lo que él te pudiera decir, está enfadado con todo el mundo y no sabe con quién pagarlo- en aquel momento sonó un fuerte trueno y Near se abrazó fuertemente a Axel. -Near... Tranquilo, no pienses en la tormenta. -Gomen nasai...- el meyor suspiró y también abrazó al menor que estaba apoyado en él. -Cierra los ojos- le pidió el pelirrojo mientras le acariciaba el cabello para calmarlo. El menor obedeció sonrojado, y Axel comenzó a explicarle una historia que solía contarle su madre las noches en que no podía dormir. << -¿A dónde vamos?- preguntó Choc con mala gana. -Al aeropuerto- contestó Xaldin con desgana. -¿Para qué? -Para coger un avión. -¿A santo de qué? -A santo de que me apetece irme a otro país. -¿Y cuando he dicho yo que me quiera ir yo? -Cuando has comprado el billete... Venga Choc, ¡no refunfuñes que sé que tú también lo estás deseando!- le dijo riendo mientras le removía el pelo alegremente. -¡¡Qué no me toques!!- protestó de forma infantil mientras intentaba deshacerse de la mano que le removía el pelo. -Y esos animales, ¿qué?- preguntó señalando a sus compañeros. -¿Han comprado el billete o tengo que dejarlos aquí? -Creo que sí...- en ese momento comenzó a llover. -Mierda...- suspiró molesto. -Vaya... Ahora llueve- comentó de manera despreocupada el mayor. -Más te vale que lleguemos pronto al aeropuerto porque como me costipe, ¡pagarás las consecuencias! -Hai, hai, tranquilo que ya queda poco...- después de un rato llegaron al aeropuerto empapados y en el caso de Choc también enfadado por completo que tiritando de frío no dejaba de maldecir a su compañero, irritado hasta el punto que cuando éste le ofreció su chaqueta para que no tuviese frío, el albino le respondió con un fuerte puñetazo que lo tiró al suelo mojándole toda la espalda. Minutos más tarde tomaron el avión. En Villa Hikari comenzó a amanecer dejando paso al día que aunque estaba nublado había cesado de llover, después de unas horas Near despertó a causa de un delicioso aroma proveninente de la cocina, eran las 13:00. El albino bajó guiado por aquel olor y en la cocina encontró a Axel preparando la comida. El pelirrojo se dio la vuelta al notar otra presencia. -Bueno días Near. -Buenos días...- el niño comenzó a retorcerse el pelo. -¿Qué hora es?- el mayor miró el reloj de encima de la puerta de la cocina. -Las 13:00- miró al albino. -¿Por qué? -¿Qué? ¡Vaya, qué tarde! ¿Por qué no me has despertado? -Porque te veía durmiendo tan a gusto, que no iba a despertarte y por una vez que haga algo no me voy a erniar o se me van a caer las manos; además, que yo sepa no eres mi esclavo. -Pero... -Naaada. Que más que cuidar yo de tí parece que cuides tú de mí- le dijo con una sonrisa. -Por cierto, ¿qué tal están tus brazos? -Todavía me duelen...- el pelirrojo se limpió las manos con un trapo, que luego dejó sobre el mueble y se acercó a su amigo y se puso a su altura. -Déjame ver...- le examinó los brazos. -Siguen inflamados, esta tarde te llevaré al hospital, ahora vé a sentarte- el menor asintió y obedeció. Cuando Axel terminó la comida y puso la mesa, comieron mientras comentaban cotilleos que habían oido por el mercado. Cuando terminaron, el mayor recogió la mesa y fregó los platos, se pusieron a ver la televisión un rato y cuando la película terminó, Axel apagó la televisión y se puso la capucha. -Vamos antes de que sea más tarde. -Haaai- respondió Near levantándose del sillón y poniéndose una chaqueta, ya que resfrescaba un poco después de las lluvias. Llegron al hospital a las 15:30, se sentaron en la sala de espera; la gente que estaba allí no dejaba de mirar a Near como si de un dios se tratase, cosa que le arrancaba los nervios a Axel. Por otra parte, a Near le incomodaba muchísimo que lo mirasen así. Al fin les llamaron y a Near, después de examinarle las heridas, le recetaron una crema para el dolor y la inflamación. Salieron del hospital a las 16:15 y fueron a dar una vuelta, pasaron por un inmenso y hermoso parque donde habían un monton de padres e hijos jugando alegremente. Los niños, al ver al albino corrieron felizmente junto a él y entre risas lo invitaban a jugar con ellos. El ver a Near rodeado de niños pequeños le hizo cierta gracia a Axel que se quedo allí limitándose a ver como su amigo jugaba con los crios, hasta que algunos que jugaban al pilla pilla chocaron con él haciendo que se le retirase la capucha dejando ver sus rojizos cabellos. Los niños al verle gritaron asustados y corrieron a refugiarse detrás de Near, implorándole protección y llorando cosas en un idioma que el albino no entendía. -Ah, nein! Dass kann nicht sein! Ist ein... (N/a: Oh, ¡no! ¡Esto no puede ser! Es un...)- gritó uno de los niños. -Hilfe, er will uns fressen!! (N/a: ¡¡Socorro, nos quiere comer!!)- gritó otro de los niños, después todos chillaron a la vez mientras se agarraban al albino que no entendía nada de lo que pasaba. -Raus von hier! Raus!! (N/a: ¡Fuera de aquí! ¡¡Fuera!!)- les gritó Axel haciendo que los niños gritasen de nuevo y huyeran atemorizados con sus padres, que alarmados por el jaleo le miraron con odio abrazando a sus hijos que no dejaban de llorar. Si en esos momentos hubiesen estado armados, de seguro que habrían matado al pelirrojo, pero como no era el caso, no hicieron más que farfullar palabras en aquel extraño idioma que seguramente eran insultos e irse a casa con sus hijos mientras llovía de nuevo. Axel se sentó en un banco, entristecido. -¿Ahora qué? Tendremos que huir de nuevo...- Near salió de su estado de confusión al no haber entendido nada de lo que habían dicho ni los niños ni Axel y se acercó al mayor. -No te preocupes- le susurró, el mayor le miró. -Solo te han visto los del parque- siguió murmurándole mientras le colocaba la capucha con cuidado. -Anda, volvamos a casa, ¿nee?- el mayor asíntió, se dieron prisa en volver ya que la lluvia no hacía más que apretar y hacía bastante frío. Cuando llegaron a casa se dieron prisa en abrir la puerta y entraron para subier a la habitación. Estaban empados, llovía a cántaros. El albino sacó un par de toallas del armario y acercó una de ellas al pelirrojo. -Toma, sécate o te costiparás- le advirtió el albino. Axel estaba sentado en la cama cabizbajo y triste, al verle así el menor suspiró y se sentó a su lado. -Axel... ¿qué te pasa?- le preguntó preocupado. -Antes, en el parque... -No te preocupes, había poca gente...- intentó animarle Near, sonriente mientras le secaba el pelo. -No es eso...- respondió negando con la cabeza. -Esos niños... estaban realmente asustados, y no solo los niños, toda la gente de allí me tenía miedo... Me siento... me siento como si fuera algún tipo de monstruo... -Axel...- el albino dejó de secarle el pelo. -Estaban atemorizados, todo el mundo me tiene miedo...- el pelirrojo se sentía peor por momentos, comprendía que lo odiasen por ser el último superviviente de los de su raza, pero eso no quitaba que le destrozara el hecho de ver como incluso niños gritaban y huían asustados al verle. -Axel...- el albino bajó las manos de su pelo suavemente acariciando tiernamente el rostro del pelirrojo. -Yo no te tengo miedo- le susurró Near dulcemente aproximadose a él, hasta que posó sus labios sobre los del pelirrojo dejando en ellos un tierno y cálido beso. Cuando el albino se separó, Axel estaba perplejo, no podía creer lo que sucedía, estaba completamente sonrojado. Sin saber que hacer ni decir notaba como su respiración se iba acelerando por momentos sin poder hacer otra csa que limitarse a mirar a su amigo intentando aclarar si aquello había sido una alucinación extraña suya o era real. El pequeño estaba muy sonrojado, aquello lo había hecho sin pensar en las consecuencias, y ahora aun que había hecho lo que durante mucho tiempo había deseado hacer, ahora se maldecía por ello, no sabía como se lo habría tomado Axel o qué hacer ni decir, tampoco él podía hacer otra cosa que mirarle con un tímido y reluciente brillo que daba más terura a su ya de por sí dulce mirada, suplicando interiormente que el pelirrojo le besase. Axel seguía sin saber qué hacer, así que tan solo se dejó llevar besando a Near una y otra vez, recostándolo lentamente sobre la blanda cama, quedando sobre él para seguir besándolo bajando por su cuello. Axel tenía muy claro que quería seguir, pero... ¿Y Near? ¿Near realmente quería o tan solo se dejaba por que sabía que el mayor quería? Al fin y al cabo él nunca se quejaba ni le protestaba por nada y aquella posibilidad era perfectamente posible; aquellla idea se le pasó por la cabeza, así que el mayor se separó de Near por unos instantes mirando al albino a los ojos. -Near... ¿De verdad es ésto lo que quieres?- el albino abrazó al pelirrojo aproximándolo a él, sintiendo el cálido cuerpo del mayor contra el suyo. -Sí... tan solo ten cuidado- le confirmó susurrándole amorosamente para luego volver a besarle hasta que Axel lentamente fue bajando por su cuello hasta su pecho, deslizando su mano bajo la empapada y fría blusa del pequeño, acariciando su suave y humedo torso, consiguiendo así que Near comenzase a soltar pequeños gemiditos que intentaba ocultar inútilmente. Lentamente Axel fue quitándole la mojada blusa mientras Near seguía soltando algún que otro gemido cada vez más fuertes. Cuando al fin se la quitó, siguió bajando desde su cuello hasta su pecho haciendo allí lo que momentos antes hizo con su pálido cuello. Near se dejaba hacer, no sabía bien como actuar debido a que esa era su primera vez, así que solo atinaba a gemir cada vez más descontroladamente, mientras una leve erección empezaba a notársele por encima del pantalón. A Axel esto no se le pasó por desapercibido, así que comenzó a lamerle los pezones hasta dejarlos bien duros. Mientras la erección de Axel crecía al ver al menor casi más excitado que él, ya que si la delicada y fina piel del albino era mucho más sensible de lo normal al dolor también lo era al placer. Axel deslizó la mano hasta la entrepierna del menor, acariciando por encima del pantalón su ya notada erección. Near, sobrexcitado y deseoso no pudo evitar dejar escapar un sonoro gemido. A continuación el pelirrojo metió su mano por debajo del pantalon del albino, agarrando su miembro y comenzó a masturbarlo. Cada vez Axel iba aumentando el ritmo de la masturbación hasta que Near no pudo aguantar y se corrió manchando así su pantalón. Near se sonrojó aún más si podía, haciendo que Axel le besara de nuevo ferozmente, lentamente el último se deshizo de los pantalones y bóxers del menor dejándolo así como dios lo trajo a mundo. Axel observó aquel pálido y delicado cuerpo unos segundos hasta que se quitó la empapada camiseta negra que llevaba, dejando así al descubierto su trabajado abdomen. Near al fin decidió actuar y comenzó a acariciar tímidamente al pelirrojo comenzando por su abdomen y subiendo por su espalda hasta abrazarlo y comenzar a besarlo suavemente mientras Axel acariciaba y besaba todo su cuerpo comenzando por el cuello hasta llegar a la entrepierna, lamiendo todo lo que encontraba por el camino dejado una especie de recorrido de saliba. Cuando llegó al miembro de Near, no dudó ni un segundo y se lo metió en la boca, chupando y lamiendo como si fuese una dulce droga. Near gemía a más no poder, excitando cada vez más al pelirrojo, al que ya le apretaba el pantalón su notable erección, incluso le dolía. Después de largo rato lamiendo, Near sintio que iba a volver a llegar. -A... Axel... Ahh.... Estoy por... llegar...- después de decir aquello descargó su semilla dentro de la boca del pelirrojo, que se tragó todo y le dedicó una pícara sonrisa. -Delicioso...- Near se volvió a sonrojar. Axel volvió a besar al albino, pero esta vez Near también participó en la lucha que se iba formando entre sus lenguas hasta que la falta de aire les obligó a concluir aquel fogoso beso. Después de aquello, Axel se quitó sus pantalones junto a sus bóxers, ya no podía más, necesitaba estar dentro de Near y cuanto antes, mejor. Llevó tres de sus dedos a la boca del albino. -Lame- le pidió, Near no preguntó el por qué, así que sencillamente lo hizo. Cuando Axel vio que estaban bien cubiertos de saliba, los sacó de la boca del pequeño al que abrió de piernas dejando al descubierto su pequeña entrada. Lentamente acercó uno de los tres dedos hacia su entrada metiendo un primer dedo. -¿Pero qué haces Ax...? ¡Ah!- se quejó al sentir la intromisión del primer dedo que se movía de dentro hacia afuera en un vaivén, hasta que Near ya no se quejaba y movía las caderas levemente mientras Axel metía los otros dos dedos. Sacó sus dedos una vez bien lubricada la entrada. Near le miró algo molesto y sonrojado. -Shinpai shinaide*, ahora viene algo mejor- sonrió pícaramente Axel. Volvió a besar al albino, el mayor cogió su miembro y lo dirigió a la entrada de Near metiéndolo lentamente para evitar hacerle daño. Aun así el menor era demasiado delicado y no pudo evitar soltar un leve gemido de dolor cuando el mayor comenzó a moverse lentamente para momentos más tarde hacerlo más rápido. -“Esto es el paraiso”- mascullaba entre pensamientos el mayor mientras se movía cada vez más rápido. No tardaron mucho más en llegar al climax, Near se corrió entre los dos vientres gritando el nombre del pelirrojo, el último lo hizo dentro del albino, llenándolo de su esencia y marcándolo así por siempre como suyo. El pelirrojo salió de aquella estrecha cavidad y tapó a ambos con la manta abrazando al medio dormido menor por la espalda. -Te quiero, Axel- susurró el pequeño prácticamente ya dormido. -Y yo a tí- le respondió Axel girando un poco la cabeza del albino para darle un casto beso. El albino se dio la vuelta y le abrazó acurrucándose entre sus cálidos brazos sumiéndose así juntos en un profundo sueño que duraría el resto de aquella tormentosa y fría noche.
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