Chapter 01: Baile de máscaras

Cuenta una leyenda que el antiguo mundo de Korinthelf estaba dividido en varios continentes. Uno de los más prósperos era el continente de Enty.

Cerca de Enty se encontraba el oscuro continente de los reinos del este, tierras malditas donde nadie se atrevía a pisar, hogar de exiliados y malditos y reino de misteriosas razas oscuras.

En lo más profundo de los bosques de aquellos reinos se ocultaban imponentes castillos custodiados por las criaturas más abominables jamás imaginadas mientras dentro residían sus oscuros propietarios.

Érase en uno de esos castillos en el tenebroso reino de Thorah, donde una guerrera había abandonado su espada y armadura cambiándolos por elegantes vestidos y fiestas en lujosos y dorados salones de baile donde todos los invitados portaban cada uno, hermosas máscaras venecianas; acompañada de un aristocrático vampiro conocido como Alexiel, propietario de todo ese lujo, y más. Allí vivía su tranquila vida desde hacía unas cuantas lunas.

Aunque esa vida tan pacífica, a veces, le resultaba aburrida y echaba de menos las feroces batallas contra enemigos. Alexiel se lo compensaba dando aquellas grandes fiestas, aunque Sigurn siempre acababa yéndose a dormir antes de que la fiesta acabase; la música y el parloteo de los miles de invitados siempre acababan por provocarla un terrible y sofocador dolor de cabeza.

Y fue en una de esas noches cuando la guerrera desvelaría una de las cosas a las que jamás había encontrado explicación alguna.

La única cosa que siempre se había preguntado era: ¿por qué Alexiel parecía tener cada día mas criadas? Y otra cosa que se explicaba menos, ¿por qué se enfadaba cada vez que se lo preguntaba?

Sin encontrar la respuesta, Sigurn siguió mirando el tétrico y solitario paisaje que se veía por la ventana de la habitación que compartía con aquel vampiro desde que le ofreció vivir con él.

A la lejanía obsevó que una sombra se movía. Forzó un poco la vista y distinguió la firme silueta de Alexiel. El vampiro se dirigió con paso ligero hacia un gran matorral de unas dos cabezas más que él y, retiró unos cuantos cuadraditos de matorral para desaparecer dentro volviendo a tapar el agujerito como si nada ni nadie hubiera pasado.

Sigurn, muy extrañada, salió del palacio tal y como estaba para recorrer el largo jardín y se detuvo delante del gran matorral. Con desconfianza comenzó a tocar el matorral, notando unas cuantas ranuras. Agarró con los dedos una de es

as ranuras y tiró un poco. Cayó un cuadradito de matorral. Quitó varios más para poder entrar. Al final, se dejó ver el agujerito en el matorral del cual Alexiel anteriormente había entrado.

No dudó y entró. Tenía curiosidad de saber el porqué Alexiel no le dijo nada sobre un asunto de madriguera matorralista.

Vió que había un profundo agujero al subsuelo con unas escaleritas en un costado. Se agachó, puso las piernas dentro del agujero y de ahí en adelante se puso a bajar las escaleritas de metal oxidado por la humedad. Cuando llegó al final, se encontraba en un pequeño pasillo con pequeñas antorchas iluminando el lugar colgadas a cierta distancia cada una de la pared. Al fondo vio una puerta de madera roñosa, como solían haber en casas de pobres, humildes y campesinos. La abrió con cuidado. Entró y cerró la puerta tras de sí.

Sostuvo la mirada en un lado de la pared. La sala estaba llena de celdas con jóvenes chicas, cada una en una posición marginal diferente. Se sorprendió, ¿qué hacían esas chicas allí? ¿Qué pintaba Alexiel en todo eso?

Vio a una chica que la miraba fijamente.

-¿Porqué estás aquí junto a estas otras chicas encerradas en celdas bajo el subsuelo?- gruñó Sigurn.

-¿Quién eres?- dijo la chica arrastrando la voz.

-Soy la prometida de Alexiel. Ahora dime porqué estás aquí.

La chica vió de reojo el gran anillo de Sigurn, haciendo que lo mirara con miedo y se agarrara a los barrotes de la celda con desesperación.

-¡Huye! ¡Rápido! ¡Escapa mientras puedas! Si no quieres convertirte en una más de sus meras sirvientas, ¡vete inmediatamente!

-¿Sirvienta de quién?

-¡De Alexiel!- Sigurn se quedó con cara de sorpresa, pero disimulándola lo más que pudo. -¡Créeme! ¡Sé de lo que hablo! ¡Yo estuve con él antes que tú!- la chica hablaba, intentando convencer a Sigurn. De mientras, no se percataba que unos espectros surgían desde el fondo de la celda, cogiéndola de los brazos y arrastrándola hacia la oscuridad mientras ella no ofrecía resistencia -¡Sálvate mientras puedas!- fue lo último que dijo antes de desaparecer por completo.

-“Vaya tontería... Niña psicópata... Me voy a dormir.”

Volvió a su habitación saliendo de la sala, subiendo las escaleras, tapando el agujero del matorral, atravesando el largo jardín y entrando al palacio.

Al día siguiente amaneció con pocas nubes, Sigurn se desperezó en silencio intentando no molestar al cuerpo de su amado que seguía durmiendo tranquilamente y se sentó. Se levantó de la gran cama y abrió el ventanal para salir al balcón a contemplar las vistas de todo el jardín, recordando lo ocurrido ayer.

El transcurso del día era como otro cualquiera; por la mañana daba su paseo matutino, a la tarde comía y leía algún que otro libro que encontraba interesante en la biblioteca privada de palacio.

A la noche, Alexiel volvió a celebrar otro baile en su precioso palacio en donde los invitados, desde sus máscaras de nariz puntiaguda, volvieron a quedarse observando con ojos envidiosos al príncipe tenebroso bailando con la misteriosa cenicienta de cabellos de ébano que siempre había ocultado su rostro detrás de una máscara veneciana.

-¿Puedo preguntarte una cosa?- preguntó Alexiel a su pareja de baile.

-Claro- le respondió con una sonrisa, apartando dulcemente los cabellos de la cara de su pareja

-¿Dónde estabas anoche cuando me fui a dormir?- acabó preguntándole Alexiel, Sigurn apartó su mano de los oscuros y castaños cabellos de aquel príncipe tenebroso y bajo la bella mascara veneciana lo miró con algo de desconfianza.

-Me dolía la cabeza y fui a dar un paseo por el jardín para despejarme. ¿Porqué esa pregunta?- respondió pausadamente y recelosa de que su prometido le pidiese explicaciones.

-Nada... Únicamente era curiosidad- mientras pronunciaba esta frase, sin que Alexiel se diera cuenta, bajo la máscara veneciana, sonrió.

-Voy a beber algo...- dijo mientras se soltaba de los brazos de Alexiel, que éste aprovechó para quitarle una dama a un marqués y bailar con ella de mientras.

Sigurn se dirigió hasta la gran mesa del banquete para buscar algo de beber mientras veía entrar y salir sirvientas llevándose y trayendo cosas. Se fijó en una sirvienta en especial, una que tenía dos marcas en el cuello...

-“Pero si es la chica de la celda...”

En aquel momento, la guerrera supo que lo que había oído la noche anterior no era ninguna

tontería, sin duda alguna Alexiel la había estado engañando todo el tiempo y no se lo iba a perdonar jamás.

Se le pasó por la cabeza el eliminarlo como castigo a tal engaño, pero sabía que tal vez lograría acabar con su “amado”, pero no lo conseguiría contra todos los presentes.

Sigurn dejó escapar una maldición, por mucho que la rodeasen de lujos, delicadezas y lujosas riquezas, seguía siendo una guerrera y aunque de facciones muy femeninas, la naturaleza no le había conferido un comportamiento muy delicado que se dijera; más bien era una hermosa dama, pero muy basta.

Se acercó a una de las sirvientas que traía una bandeja de copas de vino para coger una y beber lentamente lo que la copa contenía, sin dejar de mirar recelosamente a su pareja que ahora conversaba animadamente con otro invitado sin sospechar que la joven ya había decidido que era lo que iba a hacer.

Sin que nadie se percatase, Sigurn abandonó la sala y se fue rápidamente a su habitación, rebuscando por el gran armario su antiguo equipo de guerrera, sacando todo lo que veía pero... ni rastro de su equipo. Se enfadó, pero siguió buscando por algún armario más sin dejar de soltar un gran número de maldiciones en varios de los idiomas que conocía de los reinos del este. Sin embargo, por más que buscase no había ni rastro de su potente armadura ni de su temible y fiel espada que durante tantos años la había acompañado en todas sus batallas. La frustrada guerrera dio un fuerte golpe a la pared, provocando que saltase algo de la gastada pintura de ésta; Alexiel tenía mucho cuidado de los salones de su palacio y demás pero de la habitación de ambos no tenía tanto cuidado, aun así no se podía negar que el vampiro tenía un gusto exquisito y una percepción perfecta de la limpieza, ya que sus sirvientas cada día limpiaban entero el enorme palacio.

Con suerte, ese iba a ser su futuro: estar condenada a limpiar cual vulgar sirvienta durante toda la eternidad, mientras su “querido” Alexiel no dejaba de traer doncellas a su palacio delante de sus narices y ella sin poderle ni siquiera dar uno de sus potentes y dolorosos sopapos, ni tan solo un miserable corte de mangas, nada. Tan solo obedecer. Vaya éxito de eternidad se le presentaba como no encontrase su equipo.

Se rindió; no iba a encontrar nada. Frustrada, se apartó el pelo de la cara y se sentó sobre la cama a pensar donde demonios dejó su maldito equipo el día en que acepto la proposición de Alexiel y lo más importante: ¿en qué estaba pensando aquel día?

Vale, conocía a aquel príncipe de las tinieblas desde hacía mucho tiempo y después de pelear codo con codo junto a él en varias ocasiones, cuando el joven consiguió todas esas riquezas la había contratado varias veces para que le ayudase a defender su palacio y a eliminar a sus enemigos y por supuesto Sigurn llevó a cabo todas aquellas misiones sin ayuda alguna y con total éxito.

Después de pasar todo aquello se habían hecho bastante amigos y además que por cada misión llevada a cabo este le había pagado muy bien y todas las batallas habían estado a su altura, hasta que con el tiempo comenzó a hacerla llamar más seguido por tareas cada vez más absurdas; la cosa había ido de enfrentarse a regimientos de enemigos y saquear todas sus riquezas para luego repartirlas por igual con el vampiro de grises ojos o defender las puertas del palacio de un asedio capitaneando el pequeño ejército del que el propietario del lugar disponía a hacer cosas absurdas como ir al bosque a buscar leña o algún fruto silvestre o a rescatar a un gato que se había subido a alguno de los altos pinos que crecían en el inmenso jardín, cuando el gato ni siquiera pertenecía a Alexiel.

Hasta que pasado un tiempo volvió a llamarla, pero esta vez cuando llegó, Alexiel le comentó que aquel día no la había llamado para ninguna misión, cosa por la que la guerrera se molestó ya que le había hecho perder el tiempo inútilmente, pero le rogó a la joven que no se marchase hasta que no le hubiese escuchado.

Sigurn como toda guerrera que se precie, aceptó el sentarse a charlar tranquilamente en vez de ir a mutilar algo a cambio de una substanciosa recompensa, por cortesía hacia su amigo.

Fue entonces cuando Alexiel le pidió que se quedase junto a él, que el único motivo por el que la hacía llamar tanto era que maravillado ante su destreza con la espada aún siendo una hermosa dama, había acabado por desearla más que cualquiera de sus riquezas. Recordaba que aquel día fue la primera vez que la ingeniosa guerrera se había quedado sin palabras, perpleja, como en otro mundo, como si aquellas palabras la hubiesen bloqueado como aquella vez que un poderoso hechicero le había lanzado un conjuro de inmovilización dejándola en una celda durante meses sin poder comer ni beber, sobreviviendo únicamente por el deseo de dar muerte a aquel desgraciado.

Sólo que aquella vez, en vez de llenarla de odio y venganza, aquellas palabras que le habían hecho el mismo efecto, la habían provocado una extraña sensación, una especie de cosquilleo y un calor que afloraba dulcemente en lo mas profundo de su ser, llenándola de euforia, para después de unos instantes en blanco luchando contra sí misma para no lanzarse sobre aquel hombre había aceptado sin pensarse dos veces la placentera proposición de aquel príncipe tenebroso, abandonando su vida de guerrera, hasta aquel día...

Sigurn no pudo evitar sonreír amarga pero feliz al recordar aquel momento pero enseguida sacudió la cabeza maldiciéndose a sí misma varias veces consecutivas, nunca se había visto como el tipo de jovencita que va detrás de príncipes buscando un final feliz típico de cualquier estúpido cuento de hadas, de hecho estos nunca le habían gustado, ni siquiera desde su niñez, cuando las ancianas se ponían a explicar este tipo de historias ella iba al mercado a escuchar a los valientes guerreros que no obedecían a ningún noble señor, que vivían su vida luchando y punto, siendo contratados temporalmente para misiones específicas, no para servir toda la vida a un mismo señor.

Iba al mercado para meterse en una de las tabernas y escuchar atentamente las batallas de éstos, siempre los había admirado de sobremanera por su valor y libertad aunque la gente los tachase de mercenarios o caza recompensas y no fuesen muy bien vistos en la sociedad. Aun así, ella los admiraba y soñaba en un futuro ser tan fuerte y valiente como ellos, viviendo la vida a cada instante y luchando valerosamente contra poderosas y tenebrosas bestias dignas de las pesadillas de los hombres más valientes.

Y así lo había hecho y siempre había estado orgullosa de sí misma, por mucho que la gente la dejase siempre de lado por según a entender de la sociedad “comportarse como un hombre”, y es que al parecer las mujeres no tenían derecho a vivir como ellas quisiesen, si no a encerrarse siempre confinadas en una cuchitril limpiando y cuidando crios todo el día, hasta que su apestoso marido volviese de trabajar mal humorado a pagar su amargura con ellas, y ellas decían ser felices así, sin embargo Sigurn siempre se había reído de esa afirmación, y despreciaba a las mujeres que se dejaban pisotear, y es que ella sí había conocido la verdadera felicidad, Sigurn sí que podía afirmar haber conocido los verdaderos placeres de la vida, había conocido el fragor de una batalla, conociendo luego la satisfacción que produce una victoria difícil o aplastar fácilmente a tus enemigos, para luego oírlos gemir implorando perdón, sintiéndose mucho superior a aquellos que antes la despreciaban, había dormido infinidad de veces bajo la atenta mirada de las estrellas, había podido correr libre sin importar a donde ir con tan solo saber que allá donde fuera seguiría siendo libre, sin estar atada a nada ni nadie, poder decidir sobre su vida y que hacer en todo momento, había podido bailar bajo la lluvia y gritar sobre las colinas para luego escuchar el eco de su voz, había podido bañarse desnuda en un lago en plena noche bajo la hermosa luna llena, había visitado lugares a los que ningún hombre había ido jamás, había escuchado el canto de los pájaros, cabalgar libre y sentir la dulce caricia del viento como si este hubiese sido creado para ella, había dormido arrullada por el mar en sus innumerables viajes a otros países, había visto tanto mundo como había deseado y cuando lo había querido, se había podido convertir en una de aquellos a los que tanto admiraba, sabiendo que el vivir arriesgando su vida constantemente y ganándose el desprecio de la gente era un bajo precio, por haber conocido la libertad que solo ella tenía y que había desperdiciado aceptando la proposición que aquel día le hizo aquel desagradecido vampiro.

Había renunciado a gozar al cien por cien de su vida cuando estaba en el apogeo de su gloria y ya comenzaba a ser realmente conocida y admirada por muchos. Todo por una estúpida relación que jamás debería haber aceptado, ella que siempre había pensado que “nunca caería”

se había convertido en el prototipo de mujer que tanto odiaba, la típica princesita que no coge una espada ni bajo amenaza de muerte solo por saber que su “príncipe” iría a salvarla y todo eso por cuatro palabras bonitas que aquel atractivo vampiro había susurrado a su oído. Por Dios... ¿Tan fácil era?

Ahora se maldecía preguntándoselo una y otra vez y ya para colmo su equipo no aparecía. Golpeó la pared de nuevo hastiada ante aquella penosa situación, estaba realmente indignada, aquel equipo durante años había sido todo lo que tenía, sus más fieles y únicos compañeros.

Lo único lógico que se le ocurrió, era que Alexiel, seguro de poder atraparla allí para siempre con él, había cogido su equipo sin que ella se diese cuenta y se había deshecho de él. Soltó otra maldición escupida directamente para aquel noble ser oscuro que la había atrapado como quien acorrala una rata en una ratonera poniendo un suculento trozo de queso como cebo. Pero no iba a rendirse, no, esa rata le iba a costar muy cara a Alexiel, por que Sigurn tenía suerte
al ser realmente testaruda y cuando algo se le metía entre cejo y cejo no había nadie capaz de quitárselo hasta que no lo conseguía, y esta vez lo único que tenía en mente era escapar de allí para algún día poder regresar y vengarse de aquel que tan ruínmente la había calumniado, pero eso no iba a quedar así... Por supuesto que no, iba a escapar fuese como fuese con o sin equipo, da igual como pero conseguiría una espada y una armadura y daría muerte a aquel despreciable hombre limpiando así de una vez por todas su honor y recuperando su preciada libertad y esta vez nada ni nadie le impediría gozar de su vida tanto como a ella le
apeteciera, ella era la única propietaria de su vida y único ser capaz de decidir en ella y no pensaba volverse a pisar por nada ni nadie.


Así que aún frustrada por haber perdido aquel equipo tan preciado para ella, siguió buscando hasta que se encontró con una vieja coraza y una espada destartalada que probablemente habían pertenecido a otra necia a la que Alexiel engañó también y se había olvidado por completo de que aún lo tenía; gran error por parte del vampiro.

Sigurn sonrió complacida, aquel miserable equipo no era gran cosa, es más, ir con eso a cualquier combate contaba como suicidio, pero ella siempre había sido una amante de los retos y emociones fuertes, así que no se lo pensó dos veces y rompiendo su vestido a trizas, pudo colocar y ajustarse a medida la coraza dejando unidamente la falda de lo que había sido aquella prenda y ató la vaina de la espada a un simulado cinturón hecho con una de las cuerdas de la cortina de aquella habitación y tomó una vieja capa que encontró en un baúl debajo de la cama. Cogió algunos vestidos lujosos y algunas de las mejores joyas que metió en una mochila de cuero que llevó consigo.

Bajó por el balcón con la ayuda de sábanas unidas en forma de liana. Corrió por el extenso jardín, saltó por encima del muro y se quedó unos segundos observando las negras figuras a través de la ventana con algo de nostalgia, despidiéndose de una vez por todas de aquella lujosa vida y de lo único que se le hizo duro y casi imposible fue decir adiós a aquel príncipe tenebroso en aquel momento notó como apenas podía contener las lagrimas y maldiciendo a aquel hombre por lo que le había hecho no aguantó más la mirada en aquel lugar y corrió siguiendo su camino adentrándose en el frondoso bosque.

Atravesó una buena parte de bosque hasta llegar a un pequeño lago y cayó de rodillas al húmedo suelo. Empezaron a rodar pequeñas lágrimas de rabia por sus mejillas.

Lamentándose por aquel amor blasfemo que al parecer tan solo ella había sentido, por mucho que le costase reconocerlo a la orgullosa guerrera realmente había sido feliz allí, realmente había llegado a amar a aquel vampiro más que a su propia vida y aquel desagradecido no había hecho más que engañarla. Se levantó, pero eso no iba a quedar así, lo iba a pagar caro, muy caro, le enseñaría a no reírse de ella nunca más, aquel pensamiento de venganza realmente la
reconfortaba.

Luego, algo más calmada levantó la cabeza acariciándose sus largos y finos cabellos negros y miró su reflejo en el lago. Sabía perfectamente que en cuanto Alexiel se diese cuenta de su huída iría a buscarla y no tardaría en encontrarla. Sabía perfectamente que debía de hacer algo para que no la reconociese y solo se le ocurría una cosa: se agarró la melena y desenfundando su espada, la puso a la altura de los hombros y se cortó el pelo, aunque le dolió cortarse aquella hermosa melena de la que tan orgullosa había estado toda su vida, era lo único que podía hacer si quería seguir conservando su vida sin que el vampiro la encontrase.

Tiró lo que hace pocos segundos fue su precioso pelo al lago, mientras que misteriosamente desde las puntas hasta la mitad de lo que le quedaba de cabello se le teñía de un rojizo tan solo comparable con el de la sangre derramada por sus enemigos en sus inumerables batallas y se puso la capucha.

Así emprendió de nuevo su travesía allá donde sus firmes piernas la llevasen. No tenía un rumbo fijo, nunca lo había tenido, tan solo se dejaba llevar allá donde llegase, no seguía caminos ni indicaciones a menos que quisiese visitar un lugar en concreto, como en este caso, aunque iba por el bosque y pareciese no seguir un rumbo sabía perfectamente donde iba pero no podía arriesgarse a ir por los caminos y que Alexiel diera con ella tan fácilmente, no después de todo lo que le había hecho, Sigurn sabía que Alexiel era realmente poderoso y que puede que nunca lograse su venganza y que puede que fallase en el intento volviéndose una de sus sirvientas para toda la eternidad, pero aun así no pensaba rendirse, en el caso que el vampiro se saliese con la suya lo haría a un precio realmente alto, no era una chica fácil y menos como presa y estaba dispuesta a demostrarlo.

Pasando por varios valles al fin vio el cartel donde ponía bien grande: BAHÍA DE LA NIEBLA, en varios idiomas.

Era justo el lugar donde quería llegar; su orientación a base de fortuna no le había abandonado aún. Sonrió sarcásticamente.

-“Como en los viejos tiempos...”- pensó. Luego se fijó que un poco más delante pudo observar un pueblo portuario de mala muerte donde tan solo solían juntarse asesinos, ladrones, condenados, refugiados y todo tipo de la escoria más peligrosa que se pudiera imaginar; el lugar perfecto para aquellos que no quieren ser encontrados, perfecto para ocultarse, que aunque conociéndolo, Alexiel era capaz de remover cielo y tierra para encontrarla, pero dudaba mucho que se mezclase con el mayor cúmulo de escoria jamás vista tan solo por conseguir una sirvienta más.

Sin prisa se dirigió a una casita de subastas, no le hizo falta parase a preguntar, si no que sencillamente fue directa, aunque hacía años que no pisaba aquel pueblecito ruinoso lo conocía de memoria ya que es donde más solía pasearse y donde más negocio encontraba, aparte, no le importaba estar allí con toda aquella gentuza, era mucho más cómodo estar donde no te van a reprochar lo que eres ya que prácticamente todo el mundo es algo mucho peor que lo que eres tú.

Se acercó a la ventanita de pujas.

-Buenos días, me gustaría poner algunas cosas en subasta. ¿Llego a tiempo?- le preguntó al dueño, un no muerto. Le faltaba un ojo y la parte de debajo de su mandíbula se había desprendido dejando al descubierto su putrefacta lengua, una visión bastante repugnante para cualquiera, pero Sigurn ya estaba acostumbrada a la presencia de estos seres que rebosaban por los reinos del este. Además, la guerrera había visto y olido cosas peores en lo que llevaba en su corta vida.

-Todo depende de lo que quieras vender... ¿Son artículos nuevos o de segunda mano?- siseó el repugnante no muerto sacándose un gusano que comenzaba a vérsele por el brazo, para luego lanzarlo y aplastarlo.

-De segunda mano, pero están como nuevos.

-Entonces no creo que pueda encontrarles un hueco, ya han comenzado las subastas- Sigurn arqueó una ceja apoyándose en una baranda.

-¿Estás seguro? Son artículos de lujo...- insistió impertinentemente con una picara sonrisa; sin duda se le acababa de ocurrir algo para lograr que aquel sujeto colase sus objetos en la subasta.

-No creo que una jovencita haya podido conseguir nada parecido de tanto valor...- Sigurn comenzó a sacar de la mochila de cuero uno de sus lujosos vestidos que cogió de palacio.

-Vaya... Pues es una lástima, porque los vestidos son de la seda más fina jamás encontrada... Éste por ejemplo- explicó mientras acariciaba el vestido codiciosamente –está ornamentado con bordados de oro hilados a mano... Y éste es el más humilde de todos... Además, están nuevos... Pero bueno, si no puede ser no puede ser...- dijo encogiéndose de hombros como con regodeo. -En fin, ¡ya volveré otro día!- acabó diciendo alegremente orgullosa de sus mercancías.

-¡Espera!- le detuvo el no muerto antes de que saliera por la puerta, sin duda aquellas prendas habían llenado de codicia la mortuoria mirada de aquel vendedor. -¡Déjamelos ver!- Sigurn se quitó de encima la mochila y se la tiró al no muerto que la cogió al vuelo, abriéndola y examinando vestidos y joyas. -¿Quieres subastarlo todo?- pregunto inseguro y extrañado de que una joven tan hermosa quisiera deshacerse de tan valiosas prendas y joyas, mientras sujetaba con una mano uno de los vestidos y con la otra la mochila.

-Todo y cada uno de los vestidos e incluso las joyas- le afirmó con superioridad, apoyándose de nuevo en la ventanilla por donde asomaba el repulsivo pero eficaz vendedor.

-¿De dónde lo has sacado?- preguntó con mucha desconfianza.

-Es un secreto, pero te aseguro que no son robados- le aclaró llevándose un dedo a los labios en un ademán de silencio mientras sonreía con orgullo y superioridad.

-Está bien...- dijo mientras se acercaba a un escritorio y de un cajón sacó unos pergaminos y una pluma que se los entregó a la dueña de los artículos.

-Sabía que podríamos llegar a un buen acuerdo- comentó feliz, su estrategia había funcionado a la perfección.

-Escribe en estos cuadros el nombre de los objetos con una leve descripción, el tiempo en subasta, el precio de lanzamiento en subasta y cuantas rupias te tienen que pagar si quieren comprarlo en el mismo instante que lo vean. Cuando compren algo te mandaremos una carta con un cheque que tendrás que ir al banco a cobrar. ¿Sabes leer y escribir, no?- le explicó por si la joven nunca había subastado nada, aparte de que aquella pregunta se la hizo por que en los reinos del este y más en la Bahía de la Niebla donde se juntaba la mayor escoria jamás vista apenas nadie sabía ni leer ni escribir, tan solo eran audaces en el robo y eficaces en el asesinato, en eso realmente los habitantes de aquel pueblo eran unos maestros.

-Por supuesto.

Una vez rellenado los formularios le entregó de vuelta los pergaminos junto con la pluma.

-Tiempo en subasta... ¿Solo ocho horas?- preguntó el no muerto examinando el pergamino, extrañado por el poco tiempo en el cual lo dejaba todo.

-Sí... Tengo algo de prisa- respondió con aire ausente apartándose suavemente el flequillo que se dejaba asomar a través de la oscura capucha.

-Como gustes. Doce rupias pues- Sigurn rebuscó entre la mochila y sacó las doce rupias que se las entregó al no muerto.

-Aquí tienes.

Pasaron las horas y de mientras Sigurn decidió pasear por el pueblecito que tanto tiempo hacía que no visitaba.

La nostalgia no tardó en hacer acto de presencia en ella, recordando orgullosa todas las misiones y batallas que había llevado a cabo con tanto éxito durante los años de su vida. Sonrió gloriosa al sentir que su vida no había sido desperdiciada ni un solo instante.

Después de las horas necesarias y recibido el cheque de todos los artículos que había vendido, por los que había sacado una fortuna ya que artículos tan lujosos y nuevos se veían pocos por aquellos lares de pobreza, fue a cobrarlo y lo utilizó para comprarse equipo nuevo, una coraza, unos guantes, y otras botas, todo de una calidad muy modesta, aunque podría haber comprado el mejor equipo de todos prefirió no hacerlo, pues más adelante necesitaría de nuevo dinero.

Luego se dirigió al puerto a paso tranquilo, donde empleó la mayor parte de sus ganancias en comprar el billete para el primer barco que saliese antes hacia otro continente, ni siquiera preguntó a cual de ellos iba, tan solo lo compró, no le importaba el lugar al que ir mientras fuese lejos, después de tantos años quería volver a sentir la emoción de caminar sin rumbo en un lugar totalmente desconocido de seguir el único camino que sus pies marcasen, de explorar y encontrar cosas que jamás había soñado ver, no sabía que iba a ser de ella a partir de ese día, aquello la llenaba de emoción, una nueva etapa de su vida empezaba, regresaba a sus andanzas y esta vez no serían los trovadores de los reinos del este los que cantarían sus heróicas hazañas, si no los de un lugar totalmente desconocido.

Aquel pensamiento la embriagaba, volvía a llenarse de orgullo al pensar que lograría sobrevivir tan solo a costas de su esfuerzo, nada de hermosos bailes ni parloteos ni amores falsos, todo eso había terminado.

Aquella princesita había muerto para hacer renacer de nuevo a la temible guerrera que ataño fue, la que se había hartado de mirar a la muerte y reírse de ella ante sus narices día si día también.

Sin embargo, aunque eso era realmente lo que deseaba, no podía evitar entristecer de nuevo cada vez que recordaba a Alexiel, al fin y al cabo no podía negar que aunque fuese una vida tan carente de emoción, por muy repetitivo que fuese el día a día junto a el, no podía negar que disfrutaba realmente la compañía de aquel vampiro.

Antes de saber que todo había sido un engaño, había sido realmente feliz y aquello la había llenado pero de otra forma distinta que su gloriosa vida de ataño, pero de todas formas no pensaba ensimismarse más en aquellos recuerdos, nada más le faltaba ahora, tener que convertirse en el tipo de mujer que llora al recordar sus amoríos, entonces sí que ya se auto abofetearía para despertarse y volver a la realidad.

El último lugar al que se dirigió fue a una posada a tomar algo mientras que llegaba la hora de embarcar en el barco que la llevaría a algún lugar lejos de los Reinos del Este, lejos de sus recuerdos, lejos de aquel dolor que si afloraba en una batalla de seguro la ablandaría y sería derrotada y eso no podía permitírselo, no es que temiese a la muerte, pero la verdad y seamos sinceros, tampoco es que la desease. Era demasiado joven aún y además si moría quería hacerlo como una guerrera, gloriosa y sumergida en el fragor de la batalla, no quería morir como una niñita a la que le habían recordado un desamor y eso la había debilitado dando la ocasión adecuada para ser derrotada, eso nunca.

Sería patético y no podría evitar retorcerse en su tumba, maldiciéndose asqueada de sí misma. Pero de todas formas eso no ocurriría porque estaba apunto de marchar a otro lugar nuevo que explorar donde un sin fín de aventuras la esperaban, aunque le habría gustado despedirse de Alexiel, la ocasión no era muy apropiada para ello, además en esos momentos era la única persona con la que no quería encontrarse.

Pidió una jarra de hidromiel, si él la viese, seguramente la regañaría por beber algo tan basto como si de un vulgar bárbaro se tratase, siempre lo hacía, y ella siempre se lo reprochaba y le echaba la espuma de la bebida en la cara para luego beberse el contenido de la fría jarra. Acto seguido como venganza, éste le lanzaba un cojín o algo blando con lo que se pudiese jugar a la cara y así empezaban sus propias batallas que siempre terminaban en el lugar donde acababan todos los jóvenes prometidos, sonrió nostálgicamente, pero al poco rato volvió a gruñir frustrada y cuando la fría jarra estaba a punto de rozar sus labios oyó detrás de sí una voz familiar que la hizo dejar la jarra en la mesa y colocarse mejor la capucha para asegurar que su rostro quedaba bien oculto.

-¿Busca algo, señor?- preguntó amablemente el camarero a un atractivo vampiro, de seguro un noble, ese era Alexiel.

-Sí, estoy buscando a esta chica- le entregó un pequeño retrato. -¿La has visto?-al oír su voz la guerrera se llevo cautelosamente la mano al cinto para agarrar su espada, era obvio lo que se le estaba pasando por la cabeza, pero se contuvo. Había demasiada gente en la taberna y no quería llamar la atención. Además, parecía que Alexiel no la había visto, así que tan solo siguió vigilándole de reojo mientras tomaba un sorbo de su hidromiel.

-No... Me temo que no la he visto, señor- contestó devolviéndole el retrato, el noble apartó la mirada tristemente. ¿Tan mal le sabía haber perdido a otra de sus criadas?

Alexiel se sentó en una de las sillas de la barra, a unas tres de distancia de Sigurn. Ésta miró el reloj, comenzaba a estar impaciente, le incomodaba tener a aquel joven tan cerca y más ahora que Alexiel parecía haberse percatado de su presencia y observaba triste como la misteriosa dama de su lado bebía “como un hombre”.

-Ella también solía beber hidromiel...- soltó deprimido al ver que había otra mujer que también teniía aquella vulgar costumbre, después apartó la mirada mientras bebía de su copa de vino. Sigurn frunció el ceño bajo la capucha y dejó la jarra de nuevo sobre la mesa algo triste, pero no iba a dejarse engañar, no pensaba dejarse atrapar por nada del mundo. Miró el reloj de nuevo algo irritada, ya que el tiempo se le había hecho eterno desde que Alexiel había entrado en la taberna.

-“Pronto llegará el barco...” Posadero, ¿cuánto le debo?- peguntó cambiando un poco la voz para que Alexiel no se diera cuenta de que ella era a la que buscaba.

-Una rupia de plata- contestó mientras con un trapo secaba una copa.

Alexiel se quedó mirando un instante a Sigurn, tiempo en la que le vio entregando la rupia y girándose aún con la capucha puesta hacia la salida. Cuando Sigurn alcanzó el picaporte, la mano de Alexiel se posó en el hombro de Sigurn, obligándola a parar.

-Disculpa... ¿No nos hemos visto antes?

-No- dijo con firmeza, después de unos instantes de silencio al no saber que responder, salió de la posada y le cerró la puerta en las mismísimas narices a aquel aristocrático vampiro que ahora tanto odiaba.

Alexiel, con cara extrañada, se giró para dirigirse de nuevo a su asiento para seguir bebiendo su bebida pendiente.

Sigurn se encaminó hacia al puerto, buscando su correspondiente barco. La capucha se le echó hacia atrás por culpa de la suave brisa marina que de nuevo parecía acariciar su rostro como dándole la bienvenida a su tan añorada vida de guerrera, sus medio rojizos cabellos ondearon al viento resplandeciendo con color negro azabache y rojo fuego y cerró los ojos para disfrutar con una sonrisa triunfante de lo que era su primera brisa de tan ansiada y renovada libertad.