
Hoy toca lo que toca, dormir. No precisamente dormir, si no someter a mi cerebro a una tortura mental, en la que reacciona por el miedo y el instinto.
¿Por qué? Porque hoy es un día de lluvia. Los días lluviosos me suelen ir mal, tremendamente mal.
Me tapo con la manta porque empieza a hacer frío por la habitación... ¿o soy yo la que tiene sudor frío?
Apago la luz, no sin antes mirar a mi alrededor unas cuantas veces, asegurando que el armario no esté entreabierto y las cortinas cerradas. Miro solo por seguridad debajo de la cama... no hay ningún monstruo nocturno. Pero no por eso deja de hacer frío. Pues bien.
Los ojos se cierran solos por el cansancio, y por una red invisible me transporta a ese submundo de cifras y sueños.
Mi mano derecha se mueve sola como un autómata, y lo que hace es tocar el suelo. Una zona rocosa empapada, por la humedad quizá. Abro los ojos con cuidado esperando no encontrarme con nada que me pegue un susto. Pero no hay nada.
Estoy entre un pasillo de paredes de rocas de unos tres metros, rugosas y también húmedas con plantas y hierbajos colgando por doquier. El pasillo se tuerce a la izquierda a lo lejos, dejando entrever una tabla de madera llena de polvo y telarañas.
Me levanto, y camino respirando el aire cargado de humedad (cosa no agradable, por cierto) y sin pausa ni prisa, con los dedos de la mano izquierda rozando la pared hasta la esquina. Al llegar se podía apreciar un galeón en miniatura, que medirá tres veces yo o algo menos, lleno de polvo y telarañas y bichos del ambiente. Admiro el viejo galeón, imaginando el cómo sería estar montado en uno a escala real y en alta mar, con la brisa marina causando el revoltijo de cabello que siempre, por ley, acababa dándote en la cara haciendo que no pudieras ver.
Dejando el delirio, giro la cabeza y me encuentro con otra desviación del pasillo, pero esta vez hacia la derecha. Sigo caminando, viendo como ahora, en vez de cielo hay techo, cayendo encima de mi cara lianas mugrientas y más polvo dejando mis cabellos y ropaje sucios. No me preocupo mucho por esto, ya que la curiosidad es más intensa por momentos.
Paro mis andares con un suspiro ya que lo único que se ve a lo lejos de lo que ahora era una cueva era oscuridad y niebla. Me siento en el rocoso suelo durante unos minutos hasta que la niebla se disipó un poco; tanto como para ver el filo de las paredes.
Me levanto con pesadez, y metiendo la pata en lugares indebidos me tropiezo y caigo de bruces contra el suelo. Justamente me rasgo toda la cara y brazos, haciendo que una suave capa de sangre empiece a surgir de los límites de la piel, enrojeciéndola poco a poco. Escuece, pero soportando el dolor me froto las heridas con la polvorienta manga del jersei. Empieza a oler más mal de lo normal, pero no por eso detengo la travesía y continúo atravesando la cueva en penumbra hasta ver unos resquicios por donde plantas y luz se filtraban entre los huecos, haciendo que el desinterés que llevaba encima se hiciera menos pesado.
Al fin llego al final, y el paraje que me encuentro es un gran foso. En el medio, como una isla flotante está el galeón que me encontré anteriormente, pero a escala real.
Las velas ondeaban a un viento que yo ni siquiera notaba, el polvo, musgo y destrozo eran aún mayores en ese barco que en el otro. Mis ojos centellean de emoción, pero pronto se apagan. ¿Cómo subo yo ahí, si está a unos cuantos metros del barranco?
Me apoyo en la pared, sintiendo como el sudor frío baja por mi espalda. Pero me da igual. De repente oigo una especie de susurros... me parece que es el aire.
Me separo de la pared, bordeando el barranco y caminando varios minutos me encuentro una casita de madera a la lejanía. Corro hacia ella hasta llegar a unos cuantos metros de la casita. Está completamente destrozada, con todo tipo de trastos tirados alrededor. Me acerco y rozo con los dedos la desgastada madera, siento como mi mente imagina el cómo sería aquella casita de madera en sus buenos tiempos, antes de que con el paso del tiempo se quedara en ése estado tan deprorable.
Vuelvo al presente, solamente para sentir una presencia detrás de mí. No me atrevo a girarme, aunque no tengo miedo. Solamente es curiosidad. Pero la curiosidad hace que quiera solamente adivinar su silueta con su lento respirar y sus balbuceos ilegibles. Me encuentro en esta situación unos segundos más, hasta que esa presencia me habla y por inercia me giro para quedar frente a ese ser.
Presenta un tono de lo que le queda de piel amarillenta propia de un muerto, sin nariz, con los ojos muy salidos y cataratas. Lo que le queda de cabello es corto y blanquecino, su boca está un poco desgarrada y respira por ella. No porta nada que le cubra el torso, así que perfectamente se le ve como las costillas, al respirar, se le salen las costillas de la piel y clavándose cada vez más en el negruzco pulmón cada una de ellas. Lleva también un desgastado pantalón a tirantes marrón y zapatos de los que usaban los niños en los años treinta. Alzaba la mano derecha lentamente, moviendo sus huesudos dedos, en el cual llevaba en uno de ellos una especie de protección metálica de la Edad Media.
—Ven— habla rápidamente; parece que le cuesta hablar por culpa de las costillas.
No pongo ninguna pega. Curiosamente no tengo miedo, y como ya dije es nada más curiosidad.
Le sigo a través del camino al rededor del barranco que hice unos momentos antes, llegando enfrente del galeón. El ser, que aún no me había dado su nombre, comienza a caminar como un bobo dirección hacia el barranco. Pone un pie en el vacío. Luego otro. Le coge ritmo y como si fuera lo más normal del mundo comienza a atravesar el barranco caminando por el aire. Le sigo, confiando en que no me caeré. Y no lo hago.
Llegamos al interior del galeón... es simplemente magnífico. Cofres y llaves antiguas y corroídas por el óxido hacen todo mucho más interesante; muebles y pianos dignos de un barco de lujo esparcidos por los rincones adornando el interior con un toque mágico y nada comparado con el exterior. Me enredo en un mundo de fantasía, olvidando a aquel monstruo que me había conducido hasta allí.
Pasaron horas o quizá días en unos segundos, hasta que vino de nuevo el esquelético ser a por mí. Me cogió del brazo bruscamente y me llevó hacia el exterior del galeón, caminando de vuelta al filo del barrando por el aire. Le miro con rencor, porque quiero quedarme en mi mundo avaricioso.
Me arrastra a través de todo el pasillo que recorrí hace bastante tiempo hasta llegar al pequeñito galeón.
—Empieza la preparación— dijo Nameless (así es como lo voy a llamar a partir de ahora ya que desconozco su nombre) con cara enrabiada. Me suelta del brazo haciendo crujir el suyo. La niebla le envuelve el cuerpo y en unos instantes ya no está. Aparto la mirada y me encuentro un pasillo al lado contrario de donde está el mini galeón.
Eso antes no estaba.
Me adentro al nuevo pasillo, y nada más entrar siento como me teletransporto a un lugar más oscuro todavía. Doy unos pasos en línea recta y me topo con un paraje rocoso, húmedo y lleno de plantas también... pero aquí hay muchos trozos de tierra elevados y hundidos en forma de que el territorio sea un completo desastre cruzar por ahí.
Pero la tierra y hierba no es marrón ni verde, sino que presenta un tono rojo muy oscuro. Agudizo la vista, y lo que a simple vista parecían rocas, nada más y nada menos eran cabezas degolladas llenas de sangre, con el cabello lago enmarañado y enredado en la cara y con una expresión que dejaba a cualquiera en shock.
Me acerco a una de las cientas de cabezas y la cojo por el pelo. Me quedo observando cómo la última gota de sangre cae al suelo y de repente mi cabeza ondea y caigo de rodillas. La cabeza sigue en mi mano, pero aún así me sujeto la cara con las dos manos, dándome cuenta de dónde estoy y que no puedo salir.
He salido del ensimismamiento que llevaba durante toda la travesía, y sólamente ahora me choca la realidad de la situación.
Dicen que si te cortan la cabeza aún tienes tres segundos de vida. Espero que a mí me dure más la mía.
Miro a la cabeza de aquel extraño y la tiro muy lejos de mí, haciendo que rebote repetidamente con el suelo y se parta y desgarre más de lo que está. Corro salteando brazos gangrenados, torsos putrefactos y más cabezas con espresión en shock. Las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos debido al frío aire, cegándome a cada rato.
Cuando me doy cuenta, he avanzado un buen trecho. Ya casi veo el final de la pradera sangrienta. Estoy cansada, así que me siento. Miro hacia mis pantalones y veo que de rodillas para abajo estoy completamente empapada de sangre y musgo. Encima, hay un ruido que se va intensificando, y me molesta. Es un chirrido de puerta vieja al abrir y cerrarse, siempre al mismo ritmo. Aunque mire a mi alrededor no hay nada que cambie en el paisaje en el que pueda deducir el origen de ese odioso ruido, así que me aguanto de todas formas. Me levanto y camino un poco más, evitando mirar al suelo.
Llego al final de la pradera sangrienta, y puedo ver perfectamente una puerta de madera que se abre y se cierra, siempre al mismo ritmo e intensidad. Sin temor sujeto firmemente el pomo de la puerta y me adentro a la oscura sala. Tropiezo porque no veo nada, y me doy un fuerte golpe en la cabeza que hace que me desmaye.
No sé cuanto tiempo ha pasado. Abro los ojos y me encuentro atada a una rueda de madera de carreta con unos paños, justo en el centro de una sala circular con velas blancas formando también un círculo, que es la única fuente de luz.
—Veo que ya estás lista...— se oye detrás mía. Miro hacia atrás, haciéndome daño en la nuca. Distingo a Nameless perfectamente, porque su dificultosa respiración y apariencia hacen que no pueda tener un igual.
Rodea la rueda, quedando enfrente de mí. Veo como sostiene un gran garrote de madera con clavos oxidados muy afilados por todos lados y lo ondea en el espacio con una sonrisa de satisfacción en la cara. Cuando me quiero dar cuenta, Nameless está hace bastante tiempo arrojando con fuerza el garrote sobre mis piernas. Están todas ensangrentadas, y ya casi están por ser mutiladas. Únicamente puedo mantener los ojos abiertos ya que ni movimiento ni sonido alguno se alberga ya en mi interior.
Ya ha amputado la pierna derecha. Secciona uno de los dedos y comienza a masticarlo, haciendo el mayor ruido posible para que yo disfrute la escena al máximo.
Saca un cuchillo del bolsillo de su pantalón y comienza a trocear uno de mis brazos en finas lonchas, semejante a un especialista del corte del jamón serrano. Las lonchas del brazo las tira encima de las velas, para que se quemen.
Dejando ya medio brazo con una hondidura, lo deja en paz. Comienza a hacerme profundos cortes en los labios, haciendo que la sangre entre en la cavidad bucal y tanto queriéndolo como si no, probarlo. Sonríe, y se acerca. Muestra sus malformados y podridos dientes, y va acercando su boca a la mía. Cuando va a probar el sabor metálico de mis labios... todo oscurece y lo único que oigo son las gotas de la lluvia cayendo delicadamente sobre la ventana de mi habitación.





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