Cayó lentamente hasta quedarse de rodillas, empapándose el pantalón de barro por culpa de la lluvia que había caído aquella mañana. Y es que sabía que a mediodía iba a morir.
Se agarró el hombro ensangrentado con fuerza, sintiendo el mismo dolor que había causado a su hermano durante todo ese tiempo. Se merecía cada uno de los segundos de dolor y tristeza que le brindaba la amarga suerte.
Se meció hacia delante y atrás unos segundos para luego quedarse encorvado. Su negro cabello caía sobre sus hombros y su flequillo sobre sus ojos, impidiéndole ver nada. Caían las lágrimas como un rio, ya que no las podía soportar más.
Miró a un lado, al cuerpo que tenía tumbado boca arriba, también lleno de sangre, pero éste, no respiraba. Sintió arrepentimiento por haber empezado la situación, nunca debió encariñarse de quella persona nunca jamás. Nunca debió de causar tantos problemas al grupo ni a su hermano, que había hecho lo posible por protegerle. Pero se había pasado.
Matar a la subjefa del grupo enemigo en zona de alto el fuego merecía un castigo, en su caso, la muerte.
Viró la vista del cuerpo muerto y la fijó en su hermano. Lloraba, y su cabello platino se pegaba en su cara por el sudor. Aún sostenía el arma en alto, listo para disparar de nuevo. Respiraba agitadamente, con los ojos temblorosos de llorar. El pelinegro sonrió amargamente, cerró los ojos y en medio del camino en el bosque extendió sus frágiles brazos en forma de cruz, esperando la muerte.
Oyó un disparo, y abrió los ojos. Se había metido la pistola en la boca, haciendo que la bala atravesara de un lado a otro. Estaba tirado en el suelo, con media cara anchada de barro.
Entonces, lloró sangre. Su pareja muerta, su hermano muerto, casi todos sus amigos muertos... y todo por culpa suya.
Se levantó a duras penas. Con los ojos como platos, sin aún creérselo. Le arrebató la pistola a lo que fue su hermano, y, cogió una de las muñecas de su pareja. La arrastró hasta quedar al lado de su hermano, y se sentó entre ellos dos. Con un dedo limpió una de sus lágrimas rojizas, y restregó el líquido por las mejillas de los dos personajes que se hallaban uno a cada lado.
Apuntó a su sien y apretó el gatillo. La pistola accionó el mecanismo y una bala plateada salió disparada rozando su piel, desgarrándola y atravesando órganos y hueso, hasta llegar fuera y clavarse en un árbol.
Cayó al suelo, inerte, dejando que sus pesadillas volaran, en libertad, por el cielo azul del que todos los hombres de la tierra eran dueños.





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