Corrió muy lejos, tanto como le permitieron las piernas. Luego cayó de rodillas y posó su mano derecha en el pecho. Sufría, y mucho.
Levantó la mirada a la pared del callejón y observó la gran sombra. Se giró para observar aquel ser salido del inierno con un muñeco vudú colgada de la mano, y en sus últimos segundos de vida maldeció el nacimiento de esa persona que conocía desde hacía mucho tiempo.
Se desplomó en el suelo, y la sombra soltó a su muñeco vudú, el cual comenzó a caminar y se quitó la pequeña estaca del corazón. Tintineó su piercing cascabel con la redonda mano envendada y pestañeó mirando a lo que había sido su presa. Se giró sobre sus pies y miró a su amo con una sonrisa de felicidad, pero sin maldad alguna como un niño de tres años observaba su primer dibujo satisfechamente. Su esbelto amo se acercó a su muñeco y le acarició el largo cabello negro y luego se agachó al lado de éste. Levantó el brazo inerte de su víctima y le apartó la manga de su chaqueta. Acercó su cara al brazo y abrió al boca dejando enseñar sus largos y afilados dientes deseosos de sangre para hincarlos luego en la pálida muñeca, chupando todo lo que encontraba a su paso. Tinta rojiza chorreaba poco a poco, manchándole la cara y un poco la mano de su muñeco vudú.
Luego de alimentarse, tiró con desprecio el brazo al suelo y agarró con fiereza la envendada mano del muñeco para levantarlo y llevárselo de allí como cualquier niña haría con su osito de peluche llevándoselo a la cama. El muñeco cerró los ojos sintiendo el placer de ser tocado por su amo, aunque con fuerza le iba descosiendo un poco la articulación del brazo -no se preocupó, ya que siempre se lo podía coser- se sentía feliz por ser por tanto tiempo útil para alguien.





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