Malos sueños, una canción y buenos despertares

A lo lejos se oía la música proviniente de la discoteca. Era alegre y movida, pero no era música para la situación. La noche para ella era un agobio infinito, algo estresante y agobiante, hasta horroroso y fatal. No había noche en la que no tuviera esas pesadillas, siempre estaba en constantes altibajos de humor por la causa del insomnio. Ahora corría, más bien huía a alguna parte segura, lejos de la endemoniada y oscura noche, que hacía que un ciudadano más de los que allí habitaban, se convirtieran en verdaderos monstruos de película.

No sabía a dónde ir, ya había recorrido su ciudad por completo, los Enfs se sabían también la ciudad como una de sus eformadas y sudadas manos, llenas de sangre, sangre humana que ellos mismos habían arrancado la cabeza sólo para comerse el cerebro y los órganos internos. Los Enfs son, para una manera de decirlo, humanos que por la noche se convertían en seres horribles, deformados, con miles de ojos y lenguas alargadísimas que podían rodear la longitud de un chihuahua. Los Enfs se reproducían por sanre, si yo fuera un Enf y te mordiera, quedarías infectado y por la noche serías lo mismo que yo, un asqueroso Enf.

Nao huía de éstos por la noche, en sus sueños, aterrada ya que ni loca quería ser un ente como aquel. No podía imaginarse el sufrimiento que éstos tenían, al ser controlados por una bestia interna, una bestia demasiado malevola como para mostrarse de día, para mostrar a la cara, a la luz, como en realidad es.

No podía más, pero no se rindió, no, no lo hizo. Ella era débil, siempre había sido una niña de mamá, la hija favorita de papá, la hermana menor ejemplo; pero eso, por las noches y en esa época, se acabó. Maldito el día en que crearon la Enferíament. Tanta cura, tanta cura, que al final de una cura fue un desastre mundial.

Siguió corriendo, pero no pudo avanzar más, un acantilado se lo impedía. Tenía a una sarta de Enfs detrás suya, aguardando que la presa se desplomara en el suelo, muerta de cansancio, pero eso no llegó a ocurrir. Nao siguió corriendo, sin detenerse... Le daba igual morir, si ya no tenía sentido. Siempre huía de la muerte, pero esa vez no lo hizo. Fue valiente, y se tiró por el acantilado, mientras cantaba una canción... La canción que tanto adoraba, la que tantos recuerdos la traía:

Y, si el viento va, a contracorriente;
no, no te detegas, se valiente.
Y, si el viento va, va y no vuelve;
se, se valiente, se, se valiente...


La vida no, no te puede herir
sí, si tu no quieres,
ve al frente, ve y no mires atrás
que aunque pasen miles de años tu te puedes superar.


Y, si el viento va, a contracorriente;
no, no te detengas, se valiente.
Y, si el viento va, va y no vuelve;
cruza los dedos, puede que tengas suerte.


Convierte la tempestad, en brisa...

Cerró los ojos... Y los volvió a abrir. Estaba en una sala blanca, con varias luces sobre el techo, y parecía que estaba tumbada... sobre una cama. Su vista se iba aclarando. Veía siluetas, que cada vez iban tomando más forma. “¿Familia?”, pensó... Su horrible pesadilla había terminado, había despertado del coma.