Puramente blanco

<<"Lo blanco es puro, lo negro es sucio">> es como lo resumiría un creyente de la sangre real de los Ilumina. Claro está que ellos despreciaban todo lo relacionado con lo oscuro. Todos lo hacían, menos uno.
Valkyrja, el heredero del trono del Reino Vermilion.
Valkyrja tenía un cabello tan blanquecino que no siquiera era comparable con la nieve que ocupaba los parámetros del gran reino en el que jugaba solo todas las mañanas del frío invierno. Sus ojos, cambiaban de tono a lo largo del día y de su estado de ánimo.
Por la mañana, recién levantado, sus ojos eran negruzcos, negruzcos como el carbón de una chimenea. Al mediodía, podían estar de varios colores: azul cielo, verde claro o rojo-rosado. Al atardecer, siempre eran rojos, rojos como su sufrimiento de encarcelamiento mental.
Hasta aquel día, pensó que sus esfuerzos no servirían de nada, pero se equivocó.
Al atarceder, sus ojos cambiaron de su color rojizo natural a uno dorado con destellos plateados.
Entonces lo entendió todo; ése era el día y la hora.

Cogió su chaleco azulado y beige y saltó por el balcón hasta el matorral del jardín, y cayendo en pose de condecoración, salió corriendo a través del jardín hasta la verda de su gran castillo. Atravesó todo el reino y llegó al Muro de Paso. No había nadie vigilando.
Ésa era la señal, así que atravesó la frontera y, dando un último vistazo a ciudad y a su castillo, corrió cuanto pudo por salir de esa prisión.
Al cabo de dos días sin comer, beber ni descansar, llegó a una iglesia perdida en medio de un bosque que probablemente sería el Waltz (dominaba bastante bien la geografía), pero no quiso entrar. Sabía que si lo hacía le recibiría algún párroco y, o le llevaría de vuelta a su reino o simplemente le echaría la charla de que era el chico más hermoso y puro que había visto jamás. Y eso no le agradaba para nada. Él era el primero en discrepar, siempre había pensado que o negro no es sucio, ni que lo blanco es puro.
Toda su familia (mayoritariamente sus tios) cuando celebraban fiestas, los veía a todos (como solía ser) manoseandose con jóvenes en las diferentes camas repartidas por el salón de baile central del castillo. Por supuesto, él era el único que no tenía el cabello rubio platino ni los ojos de un color negruzco uniforme ni tampoco participaba en esas fiestas. Se limitaba a observar los movimientos de cada una de las personas de la sala, llevándose el nombre de El Mirón en aquellas ocasiones. Por eso, él creía que lo blanco era noble, y lo noble, era pecado.

Se posó sentado en un lateral de las paredes de la iglesia.
Vio un pajarillo en una de las ramas del árbol que se situaba frente a sí; era negro.
Nunca pudo comer chocolate negro. Nunca pudo observar el negro cielo porque le obligaban a dormir en una sala sin ventanas. Nunca pudo escribir con pluma, se lo tenían que escribir a él para que el más puro del linaje Purify no se manchara de negra suciedad. Nunca pudo jugar como un niño corriente en sitios de tierra o suciedad para que su ropa no se manchara...
Era una dura infancia que aún duró hasta que ése mismo día, a sus dieciseis años le cambiaran los dioses el destino y le pusieran ojos dorados que le abrieran el camino a la libertad.

Volvió a la realidad y se miró el ropaje: lleno de polvo, barro, tierra y demás cosas que habían llevado al traste tantos años de severo castigo por el negro.
Sonrió. Se llevó una mano a su blanco cabello llenándolo aún más de suciedad, enmarañándolo cuanto más pudo y mirando el cielo oscuro que dejaba entrever unas cuantas luminosas estrellas entre los árboles. Se durmió vencido por el cansancio de su gran y larga caminata y cuando despertó se encontró de nuevo en su blanca y cerrada habitación, limpio y con ojos negruzcos que solo tenía al amanecer.
Sonrió de nuevo, orgulloso de sí mismo por haber podido sentir lo que era estar "sucio".
Y le gustó, y mucho.
Supo que su familia guardaría el secreto hasta la tumba de que su hijo había mancillado la ley de lo puro y divino, pero le daba igual. Estaba satisfecho, y se dijo así mismo que cuando le legaran el trono, convertiría lo puro en sagrado y o negro en delicia.
Lo blanco no llegaría a ser jamás de nuevo algo puro, y lo negro no sería algo despreciablemente sucio; al menos, hasta que sus ojos se cerraran para descansar para siempre.