Reflejo de justícia

Vió, gracias al reflejo de una de las ventanas azuladas de un gran centro comercial, el camión arrollando a esa chica con la que hace escasos segundos estuvo hablando.
Primero puso cara de impacto, pues no se lo creía; luego se giró rápidamente volteando hacia la izquierda, posando fijamente la mirada, incrédulo, al cuerpo que yacía encharcado en sangre en medio del paso de zebra con un brazo medio carcomido por la colisión y el otro aplastado por el gran vehículo.
Abrió aún más los ojos, cogió impulso en las piernas -ya que no dejaban de temblarle- y comenzó a correr en dirección al suceso.
No podía oir nada, su mente estaba en blanco, en completo vacío; pero en realidad había una gran masa de gente gritando, chillando desesperadamente por el panorama.
Pero él no oia nada.
Cuando llegó al lado del cuerpo, no se atrevió a tocarlo, así que se quedó contemplandola, en tal estado, en fase de shock.
Unos segundos más tarde retornaron los sonidos a su mente, los gritos y berridos, cláxones de coches y motocicletas esperando poder pasar por la infranqueable calle sin saber lo ocurrido.
Pensó.
Estaba ahí, enfrente de su amiga. La cogió con las dos manos por la tripa, apoyando su pequeña cabecita de pelo negro bañado en rojo sangre, al igual que su cara, y le tomó el pulso.
No latía.
Desesperado, aún sabiendo que no podía conseguir nada haciéndolo, lloró.
Lloró aún sabiendo que su corazón y alma no sanarían, que no la podría volver a ver jamás que no fuera en las trescientas y algo de fotos saliendo él con ella, todos sus amigos, e incluso su gato negro de ojos bríos blancoazulados.
Lloró por la pérdida de lo que un día comenzó a ser, lo que fue por muchos años, su confidente, mejor amiga, e incluso su conciencia cuando más le hacía falta.
Se llenó las manos de sangre para llevar luego sus delicadas manos a los ojos, para frotarlos y así hacer que se le quitaran las lágrimas, pero lo único que logró hacer es que se manchara aún más de sangre.
Por fin apareció el Sol anaranjado, anunciando la llegada del atardecer y la ambulancia venidera, que cuando vio a aquel chico llorando con un cuerpo encima de él, cogieron a la chica para ver qué podían hacer, pero cuando vieron que era imposible, limpiaron su rostro con un poco de agua de hospital, y le llevaron a casa.
Ese chico no dejó de pensar en la fallecida, noche tras noche, cogiendo insomnio permanente, imposible dormir para él.
Al cabo de unos días salió de casa, para acudir al cementerio, a visitar la lápida de su difunta amiga.
Cuando llegó, se arrodilló justo en frente de la lápida, besó la tierra húmeda y juró por Dios que nunca más volvería a tener otra confidente como ella.
Salió el Sol del atardecer, y con el ritmo del viento retomó camino a casa.
Sayonara...