Se quitó el chaquetón de abrigo de invierno ya que al entrar en la estancia, se le había quitado todo tipo de frío provocado por la intensa nevada que se producía en el ártico.
Lo colgó en un antiguo perchero de pie de madera policromada del siglo dieciocho y procedió a coger sitio en uno de los taburetes del bar-restaurante, pidió mesa y un camarero se le acercó para indicarle el lugar. Se sentó en un sofá rojo de cuero sintético roñoso, parecía muy viejo, pero no le desagradó. Pidió la carta y eligió un menú de pollo asado con patatas fritas, salsa de tomate barbacoa y salsa picante. Tenía un hambre de perros.
Comió, aspirando el olor a caliente de la comida servida en la mesa. Mientras, admiraba el lindo paisaje que desde dentro se apreciaba: un bosque nevado con un lago congelado y nevando.
Acabó de comer, pagó y se dirigió a los lavabos masculinos para ver su reflejo en el minúsculo espejo que allí yacía. No lucía tan mal, pelo rubio enmarañado y unos ojos rojo sangre como quien no quiere la cosa. Sus colmillos de lobo le daban un aspecto salvaje y sus ropajes de la era medieval le daban una idea más o menos a su estilizada figura.
Salió de allí, cogió su chaquetón de abrigo de invierno y cogió una moto de nieve para ir a la cabaña perteneciente a la família de su madre. No vivía nadie allí, o eso se suponía. Muchas veces tuvo que arreglárselas para librarse de unas cuantas ardillas salvajes.
Llegó, media hora más tarde desde que que emprendió su travesía. Buscó la llave de la cabaña en uno de los bolsillos del chaquetón y la introdució dentro de la ranurita, haciendo que un clack sonara un instante para avisar que la puerta de la cabaña estaba lista para ser abierta por cualquier materia viva.
Entró, encenciendo la luz. Se fijó que una vez más algún depredador había cogido las latas de comida y embutidos para hacerse un bonito festín.
Recogió toda la basura y la metió en un cubo.
Le dio tiempo a fijarse en una pequeña sombra. Se acercó y vió a un pequeño zorro mal alimentado y sucio. Se acercó para cogerlo. No mostró resistencia alguna, así que con la suerte de un desalmado se dirigió al cuarto de baño.
Lo primero que quería hacer era tomarse una ducha. Apestaba. El zorro también apestaba. ¿Qué hacer? Bañarse los dos juntos.
Puso la calefacción en aquel hogar, limpió un poco la casita y se quitó la camiseta para sólo quedarse con el pantalón marrón y unos calcetines que también se quitó. Metió al zorrito dentro de la bañera y abrió el grifo del paso de agua de la regadera. Le echó un potente chorro de agua ardiendo al zorro, que se sobresaltó y en un acto reflejo mordió la mano con fuerza, hundiendo sus colmillos en la delicada piel de Kohaku.
Chilló, el mordisco dolía, y dolía mucho. Sin saber qué hacer soltó un manotazo al zorro que salió de allí llorando y pegando grititos. Puso los ojos en blanco y, mientras el zorro se escondía tras una esquina oscura, se desmayó.
Despertó en el mismo suelo en el que quedó inconsciente. Graduó la vista borrosa hasta llegar a ver un pequeño corrido de sangre en el suelo de madera. Era la sangre que había emanado de su mano mordida.
Se levantó tambaleándose un poco. Llegó a la cocina y se limpió con un trapo y encontrando el botiquín en uno de los cajones, se puso una venda en la mano.
Después de situarse, se acordó que aún había un zorro merodeando por la casa. Lo buscó y lo encontró en el mismo rincón en el que anteriormente lo había encontrado.
Le pidió perdón al animal por lo de la ducha y, al parecer, el zorro entendió sus disculpas y bajando la cabeza en forma de reverencia, se acercó hasta que Kohaku udo rozarlo con la mano. Le acarició y lo llevó de nuevo a la ducha.
Se quitó el pantalón y los boxers, quedando desnudo ante la regadera y el zorro. Se metió en la bañera y cogió de nuevo al zorro metiendolo lentamente y cuidadosamente para que no se asustara hasta que lo dejó de pie en la bañera llena de agua. Cogió algún champú que encontró de laño pasado y se lo echó por encima al zorro para seguidamente aclararle todo el pelo con agua. Su pelaje negruzco tornó a uno rojizo al instante. Sí que estaba sucio, sí. Se asombró por la cantidad de mierda que podía acumular un animal salvaje y sintió lástima por él.
Acabó de bañarse y salieron los dos, secando primero al animal y luego secándose con la toalla él mismo.
Le dió de comer. Le dejó un huequecito para dormir en su cama.
Cada día que pasaba, parecía que el zorrito se excitaba más cuando le veía.
Kohaku era feliz, se sentía vivo estando con el animal.
Convivían los dos muy bien, siempre que podían estaban juntos.
Kohaku, siempre tenía una sonrisa para el zorro.
El zorro siempre estaba dispuesto para Kohaku.
Pasaron tres meses y aún el zorrito no tenía nombre.
¿Cuál le puso? Akatsune. Bonito nombre, ¿no creeis?
Unos diez años después Akatsune murió. Murió de viejo, ya no podía soportar los bajos grados de temperatura en la nieve. Kohaku cayó en depresión, pero Akira, su pareja, le ayudó en los momentos más difíciles. Se mudó a Okinawa, no podía soportar en estar en la casita sin ver a Akatsune sabiendo que había muerto. Quería olvidarse de él, pero sabía que siempre tendría un huequito en su corazón.
Kohaku, siempre sonreirá a Akatsune, vivo o muerto.
Akatsune, siempre estará dispuesto para Kohaku. Su ángel guardían.





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