Nunca Mas

Sin dudarlo dos veces se adentró en aquel templo en ruinas. Nunca había visto nada tan bello, aquel templo pertenecía al dios de la muerte gemelo de Elios, cuyo nombre era Eriol y en aquella región era el dios venerado, aun así aquel templo parecía haber sido olvidado años después de un fuerte terremoto que sacudió el continente entero, por alguna razón aquel hermoso lugar había sido abandonado.



Y ahora dejado de la mano de dios sus imponentes esculturas yacían medio destrozadas y derruidas formando figuras siniestras de rostros ahora corroídos que formaban unas muecas que harían poner los pelos de punta incluso al guerrero mas valiente, sus fuertes columnas ahora a duras penas aguantaban lo poco que quedaba en pie del sagrado lugar prohibido y sus hermosos y magistrales rosetones ahora brillaban con una tenue y siniestra luz empañados por el tiempo y el polvo.



Cualquiera se sentiría realmente asustado en aquel lugar maldito, pero a ella le aportaba una paz como nunca la había sentido, no entendía el por que su padre no le permitía ir y mucho menos por que tachaban aquel hermoso lugar de maldito y prohibían su entrada, aquello era realmente un paraíso de silencio y oscuridad...


Hasta que a la joven le parecio ver algo moverse, una silueta bastante grande aunque no la había visto bien pensó en algún animal del bosque e izo caso omiso de ello, hasta que volvió a verlo, esta vez lo vio mejor, era grande muy grande y había podido vislumbrar luz sobre la cabeza y cuello de aquel animal, incapaz de discernir que animal podría ser de aquel enorme tamaño y además portar fuego sobre el, comenzó a asustarse, retrocedió lentamente y comenzó a correr para huir de allí lo antes posible, sin embargo no escuchaba que el animal la siguiese así que sintiéndose afortunada por no haber atraído la atención del animal siguió corriendo sumida en la atmósfera mas silenciosa jamás inimaginable, hasta que un enorme golpe detrás de ella la izo mirar atrás y pudo al fin contemplar el aterrador rostro de aquella sombra misteriosa...


Un enorme esqueleto de caballo con crines de fuego fatuo y ornamentado con una vieja y desgastada armadura coronada por un reluciente rubí rojo sangre acababa de echar una pared abajo y la perseguía fervientemente, ella aterrorizada soltó un fuerte grito para correr aun mas, mirando de vez en cuando si aquel corcel de pesadilla aun la seguía ya que aunque castigaban el suelo fuertemente con sus poderosas patas sus fantasmales cascos no emitían sonido alguno, tan solo sus relinchos de ultratumba que le hacían estremecerse y prácticamente desfallecer de temor al sentir que cada uno de aquellos fuertes alaridos que resonaban en el eco del templo le partían el alma en pedazos y se la arrancaban, la joven princesa cayó al suelo desafortunadamente aquello provocó que la bestia desapareciese unos instantes para materializarse de nuevo frente a ella. En aquel momento la desgraciada princesa comprendió que desde el primer momento aquel aberrante ser había estado jugando con ella. Fue entonces cuando pudo ver con todo detalle el rostro de aquel corcel de la tinieblas...


Aun siendo un esqueleto sus huesos eran enormes, anchos y aunque se veían roídos por el tiempo y desgastados tenían un aspecto fuerte y robustos, sus ojos aun siendo vacías cuencas hacían denotar que miraban con una maldad jamás vista, su poderosa mandíbula no era la de un caballo normal aquellos dientes estaban hechos a propósito para descuartizar a sus victimas todavía aun portaba en su boca un trozo fresco de su anterior victima, y era obvio que si la muerte tuviese olor sería la del helador aliento de aquel corcel de pesadilla...


La joven no se explicaba que sádico pensamiento había echo que su dios diera vida a tan macabro ente, hasta que vio la gastada armadura de aquel ser que aun llevaba atadas las calaveras que con una macabra sonrisa remarcaban con orgullo sus numerosas victorias en cientos de duras batallas milenarias y su cabeza estaba coronada con aquel rubí rojo como la sangre, le vino en mente su respuesta, llegaron a su cabeza las imágenes del bello bicornio color ébano y de fuegos fatuos de su crin y cola que también afloraban de las poderosas pezuñas del animal. Y es que la joven princesa no estaba contemplando a otro que Hambar, el corcel de guerra que había sido montado por el mismísimo Eriol en infinidad de batallas, aquel elegante ser nacido de una pluma del ala de Eriol, el animal protagonista de leyendas y mágicos cuentos de su niñez, el ser que había sido siempre contemplado con admiración y fascinación, símbolo de poder y libertad, se encontraba delante de ella aberrado en un ente espectral que había enloquecido al verse consumido en vida hasta llegar a los huesos olvidado por el dios que lo creó.



Y si el que creó aquel ser divino había decidido abandonarlo a su suerte sabiendo que sin el poder de su amo acabaría siendo un monstruo que mataría por puro placer conservando después de siglos de olvido aun todo su poder y empujado por la ira y el odio, siendo capaz aun de acabar con todo el continente en un ataque de locura, era evidente que las malas lenguas tenían razón, la brujas y herejes que con tanto odio habían sido quemados vivos en hogueras interminables decían la verda: los dioses les habían abandonado, el gran cataclismo estaba cerca...

Aquel animal siniestro siguió aproximándose lentamente hacia ella parecía disfrutar al ver su terror, y esta vez no habían nobles y valientes caballeros apuestos para salvarla estaba sola, aquella pequeña desobediencia iba a costarle muy cara, la princesa sabía de sobras que ya jamás podría volver a desóvese a su padre...