Como una bailarina te retuerces en mis brazos, gritas, sollozas y derramas belleza por todos los extremos de tu ser.
Respiras y lo dejas de hacer.
Entonces tu rostro se torna blanquecino como la tiza, como las nubes de verano, como tu alma pura y limpia. Y me extiendes un brazo, contorsionado, con temblor.
Entonces pienso: “eres mía”.
Te abrazo, oigo tu corazón sin palpitar, acaricio tu negro cabello y también el rostro, y me acuerdo del día en que te ví por primera vez.
Hermosa, como ahora, más inocente quizá, en una noche llena de estrellas donde tu mirada conectó con la mía.
Ahora respingo, me atraganto, el aire se hace pesado: el hilo rojo hará que no nos separemos jamás.
Por esto lo decidimos, ser felices los dos juntos, sin estado material. El alma es lo único que puede prevalecer estable, sin complicaciones, sin convicciones ni pensamientos oscuros.
Lleguemos al cielo juntos, mi ángel.
Con mi conciencia perdida en el vacío de lo innombrable, con tu cuerpo postrado en mis rodillas, alcancemos lo más alto, lo más deprisa.
Mi corazón late rápidamente, queriendo sobrevivir, pero el gas que nos lleva hasta la muerte impide sus acciones y lo detiene, en seco, sin tapujos, sin remordimientos.
Ahora juntos por siempre, hermosa mía. Sin restricciones por el resto de los días.





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